Enrique Pichon Rivière y
Ana P. de Quiroga
Tomado de Psicología de la Vida Cotidiana, 1966-1967
El Campeonato Mundial de Fútbol, como todo fenómeno colectivo que moviliza la
opinión pública y las reacciones masivas, posee un contenido manifiesto y otro latente,
susceptible de ser interpretado.
El simbolismo de que estaba cargada la Copa Jules Rimet determinó particular
expectativa en dos naciones europeas: Alemania e Inglaterra, unidas a lo largo de la
historia por un complejo vínculo; y en tres países latinoamericanos: Brasil, Uruguay y la
Argentina, en idéntico proceso de cambio social, que atraviesan una situación de
desintegración, sumidos en la incertidumbre por la ruptura de lazos entre hombres e
instituciones y la confusión de roles de personas y estructuras.
Intervenir en el Campeonato significaba para Brasil, Uruguay y la Argentina, marcados
por el subdesarrollo, competir con otras culturas, salir de la infancia. Ganar significaba
integrar el bloque de los países desarrollados, adquirir poder y prestigio a través de un
liderazgo.
El sentimiento de pertenencia al país había sido quebrado par la desintegración,
depositándose entonces en el club y en la selección nacional, a la que se consideró
mágicamente el artífice de la solución esperada. El ideal político tantas veces frustrado
se orienta hacia lo deportivo. La ruptura de una imagen total del país, y la necesidad
urgente de una pertenencia más firme y más cercana desencadenaron ese
desplazamiento.
Los europeos, particularmente los anglosajones, empujados a su vez por propias
pérdidas de poder, actuaron con una mentalidad colonialista, donde la conspiración y la
arbitrariedad son las técnicas habituales. Nosotros, por nuestra parte, movidos por el
resentimiento frente a nuestra situación crónica de dependencia del dólar y la libra,
entramos en el juego: Y el haber descubierto, ya tarde, que su estrategia nos había
superado, y el no haber podido anticipamos a ella, desató las violentas reacciones
populares frente al fracaso de la viveza criolla.
El imperialismo inglés fue siempre sentido por los sudamericanos como el más duro
sistema de dominación. El índice de inseguridad que revive este tipo de frustraciones
provoca actitudes colectivas y movimientos de opinión que remueven viejos
resentimientos como en una pelea familiar se reavivan todos los rencores del pasado. La
incertidumbre, paradójicamente, incrementa el índice de aspiración y disminuye la
resistencia a la frustración. Así, aunque al principio, apoyados en hechos objetivos, nos
creemos en la posibilidad de ganar un partido, luego no pudimos soportar el haber sido
eliminados del torneo.
Se movilizaron entonces miedos básicos realimentados por la idea de que se había
conspirado contra nosotros. Por otra parte, en el orden político, en estos tres países
americanos se vive el deterioro de los regímenes liberales, lo que acrecienta el índice de
etnocentrismo y nacionalismo, que tienen sus representantes en grupos y elites de
carácter autoritario, a los que se identifica con la fuerza y la seguridad. El seleccionado nacional, en un principio desintegrado e inoperante por reflejo de los
acontecimientos sociales, económicos y políticos del momento de su partida, se
convirtió de golpe, gracias a un líder organizador, en un grupo coherente y efectivo. Los
argentinos sintieron así que su imagen interna del país se modificaba y se abrían
expectativas.
Con la frustración se produjo un conflicto agudo y un clima de tensión, se pusieron en
marcha mecanismos de defensa, como la negación (sostenemos ser los triunfadores
morales del Campeonato), y de racionalización.
Sintetizando la situación total del comportamiento colectivo que rodeó el desarrollo del
Campeonato Mundial de Fútbol, visto del lado del espectador, podemos destacar un
primer hecho que fue perfectamente captado y difundido por 108 órganos informativos
de una manera pocas veces vista en cuanto al señalamiento del desprestigio e
incapacidad del seleccionado. Este primer período, considerando ahora el equipo en sí y
su actuación previa al certamen, no hizo nada mas que ratificar el pronostico previo,
pronostico que por el lenguaje empleado y la difusión otorgada -con toda seguridad
llego a los receptores a quienes iba dirigido- reforzó también la hostilidad de la prensa
europea y la ayudo a crear la figura de un team. desintegrado e impotente.
En un segundo período, el del Campeonato propiamente dicho, sucede el "milagro"; el
escenario está dado por el nuevo Gobierno. Esta imagen, a su vez, es incorporada por
los miembros del equipo, que se integra, supera el individualismo y se transforma de
conglomerado en grupo operativo, donde no hay ya más confusión de roles; y comienza
entonces a emerger un objetivo, la posibilidad de ganar, que es vivida como si
hubiéramos obtenido la Copa. Este como sí se hace más manifiesto en la recepción de la
semana pasada... En aquel momento aparece para los recién llegados un nuevo acto de
magia: un nuevo Presidente que llega a despertar antiguas imágenes se introduce en el
juego.

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