“Si usted va mañana a máxima (seguridad, en el penal de
Villa Urquiza), no va a encontrar una máxima como la que le estoy contando. Ese
día van a hacer una buena comida, kipe con puré, y va a entrar a los baños; y
estará todo limpio, porque va usté. Cuando va gente importante, del Gobierno,
está todo limpio. Nunca un legislador ha entrado a los baños de la cárcel,
donde entran mi hermana, mi mamá, ni a la máxima seguridad …”. Flavio M. tiene
34 años y dos entradas en la cárcel. De la primera se hace cargo. Fue en 2001,
por venta y tenencia de drogas: pasó dos años encerrado. En 2010 volvió a caer,
y jura que en parte fue por portación de prontuario y en parte por “una causa
armada”. Entre rejas un año y nueve meses; salió el 23 de diciembre del año
pasado, y confía en que el juez lo absolverá.
Flavio dice que la cárcel es un infierno, del que ha salido
con mucha bronca. Asegura que entre la cárcel de 2001 y la del año pasado hay
una diferencia abismal, tanto en las comidas como en las actividades
recreativas (“no hay ni una pelota”), en el trato con los empleados, en la
escasa atención psicológica y en la actividad laboral intramuros que hoy es
casi nula. “Te pasás un poquito: ‘vamos a máxima…’. Lo meten en una celda sin
baño; y no te dan ni lavandina… Al otro día, a las 7, llegan y tiene que estar
tendida la cama. ¿Porqué tenés sucia la celda? A máxima”, cuenta.
Dice que lo llevaron porque le encontraron un celular. “Y no
lo puede tener, pero el que lo paga, lo tiene; como la droga, pastillas,
marihuana”. “En la máxima te atan de
pies y manos… A Amín (Pablo, que descuartizó a su esposa), lo han tenido atado
15 días de pies y manos. La máxima es algo infrahumano”.
Casos límite Casos como el de Amín, y como los de los
violadores “seriales” como los que últimamente han estallado en la Argentina,
devuelven el debate acerca de si la cárcel resocializa. Hace menos de un mes,
la Justicia tucumana condenó a 25 años de prisión a un hombre, por la violación
de cinco niñas. Si la cárcel, en su estado actual, no sirve para resocializar en casos menos complejos,
menos puede hacer en casos como los de un violador, que requiere un andamiaje terapéutico
especializado y que ni siquiera así garantiza rehabilitación, cuando alguna vez
salga en libertad, afirman funcionarios judiciales.
Otro testimonio de que la cárcel no hace escuela. En el
relato de Juan A. (50) el tono calmo no aplaca una biografía dramática. Padre
de cuatro varones, y de una mujer de 23 años que murió cuando él estaba en el
penal de Concepción, cuenta que cayó
preso porque andaban buscando a dos de sus hijos, “por droga”.
“Me han llevado porque levanté la mano diciendo que soy el
dueño de casa. Los fiscales escuchan una sola campana: la de la Policía. Yo he
pasado dos años y tres meses por nada; en el juicio me han dejado en libertad,
‘por duda’, en diciembre de 2011″, apunta.
Ironía: en la cárcel no se aburría. Tampoco en ese penal
había casi nada que hacer, “salvo limpiar un poco el piso, o hacer algo con
madera, cuando había”. Pero compartía
sus largas horas carcelarias con sus cuatro hijos, todos ellos adictos. “El de
30 y el de 28 están saliendo con el permiso laboral; están trabajando, pero son
consumidores, y la cárcel no los ha ayudado nada. Al juez le he pedido ayuda
para rehabilitarlos, pero nunca ha llegado ayuda”, afirma; sin perder el tono
calmo, opina que a él no le pasará lo que a muchos ex presos que no consiguen
trabajo al salir, porque él es hábil en tareas de albañilería.
Tiempos muertos Como
Flavio, Juan y sus hijos han sido presos federales, porque la Justicia Federal
es la que entiende en causas de narcotráfico. “En unos años las causas van a
ser todas federales; es que el que robaba una distribuidora de gaseosas ahora
vende droga”, sentencia Flavio.
En la justicia Federal, el defensor Oficial, Ciro Lo Pinto,
se despacha. “La cárcel no cumple con la función marcada en la Constitución.
Antes, si bien era un lugar de encierro, se les proponía a las personas privada
de su libertad un espacio de producción. Hoy, no. Las autoridades me han dicho
que están tratando de que vuelvan las actividades. La cárcel tiene que
resocializar, no castigar”.
Cuando LA GACETA le preguntó al director de Institutos Penales,
Roberto Guyot, si cree que la cárcel resocializa, dijo que sí, que de otra
manera “no estaría en ese cargo”.
“Sí existe; el Estado puede colaborar, pero en definitiva es
una decisión muy personal alejarse del delito y rehacer la vida. Depende de la
persona, en su momento hace el clic, y las actividades influyen en la
resocialización, en la educación que tenga, en factores espirituales. Todos
quieren tener actividades, pero eso no indica ganas de resocializarse. Hay
talleres, un programa muy fuerte de educación primaria, hacen ladrillos,
mimbrería, panadería, talabartería, carpintería. El tiempo lo puede ocupar,
pero la resocialización es interna”.
LA GACETA le señala que muchos testimonios indican la
presencia de drogas en el penal. “Mire lo que me pregunta”, responde. Y
concluye: “se dicen muchas cosas, pero de ahí a que esto sea cierto, dista de
ser así, nosotros tratamos de ajustarnos lo más posible a la ley”.
fuente
http://lagaceta.com.ar/nota/519730/politica/nunca-legislador-visito-carcel-areas-maxima-seguridad-ni-banos.html

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