POR EDMUNDO PAZ SOLDÁN. ESCRITOR BOLIVIANO, VIVE EN LOS
ESTADOS UNIDOS. ENTRE SUS OBRAS DESTACAN “PALACIO QUEMADO” Y “NORTE”
La novia en casa y las aventuras “de pago” fuera de la
pareja recuerdan un modelo perimido. Sin embargo, en los años ochenta gozaba de
buena salud entre estudiantes latinoamericanos conservadores y, aún hoy,
algunos lo reivindican.
El primer día que llegué a Buenos Aires, Gordo, un amigo de
Cochabamba que vivía allí, me citó a un bar en la calle Callao. Para mi
sorpresa, estaba con tres argentinas. Las chicas eran guapas, coquetas,
bromistas ; llevaban botas hasta la rodilla, jeans apretados, camisas de seda y
carteras de cuero. Muy sofisticadas para mí, pensé. Los dos amigos de Gordo les
agarraban de la mano, las besaban.
Quedé fascinado : las porteñas eran diferentes.
Le pregunté a Gordo hacía cuánto salía con ellas.
Desde hoy, dijo riéndose.
¿Sos o te hacés? Me preguntó si quería una. Era cuestión de
una llamada. Me dijo cuánto costaba la hora.
Esa noche fuimos al departamento de Gordo, pero él estaba
borracho y había perdido la llave. Era muy tarde como para ir al cerrajero. El
portero intentó abrir la puerta durante media hora, sin suerte. Las chicas se
aburrieron , reclamaron su pago y se fueron. Yo me alegré. No estaba preparado
para lo que parecía que iba a ocurrir.
Esto sucedió a mediados de los ochenta, cuando fui a
estudiar a la Argentina. Veníamos de familias conservadoras , los que solíamos
ir a estudiar al exterior éramos casi todos hombres. La gran mayoría tenía
relaciones a la distancia en Bolivia y se la pasaba escribiendo cartas largas e
intensas a las enamoradas. Eran cartas más dulces que eróticas. Contábamos los
días para las vacaciones de fin de año, pero con la idea de un regreso a lo
conocido, a lo que por de derecho de familia o de clase nos correspondía.
Mientras, la diversión y la aventura estaban fuera de casa.
Buenos Aires nos daba una libertad de anonimato , de vivir
más allá de las estructuras rígidas que conocíamos. Y, con más o menos ganas o
culpa, todos transitamos ese camino.
Un sábado al mediodía visité el departamento de Gonzalo.
Gonzalo estudiaba medicina en una universidad privada, era el consentido de la
familia; lo admirábamos por su facilidad de palabra y su falta de timidez. Fui
con Federico, un amigo de La Paz. Cuando llegamos nos abrió una morena bajita
que tenía los ojos entrecerrados; se dio la vuelta y se tiró en el sofá en el
que estaba durmiendo. Había dos chicas tiradas en un sofá , otra en una bolsa
de dormir en la tina, una más en el cuarto de Gonzalo.
Gonzalo nos contó que, después de ir a las discotecas,
llegaba a su departamento y quería continuarla y se iba a los cabarets del
puerto . Quizás él era el que mejor ingresaba en la categoría de separación de
sexo y afecto. Sabía que su futuro no estaba con esas chicas , pero disfrutaba
lo que –pese a estar en los 80– en su educación le dijeron que no se animaría a
disfrutar en casa. La liberación no siempre implica cambio en las costumbres,
paradójicamente.
Gonzalo conocía todos los antros de la zona y era amigo de
muchas chicas. Al principio pagaba pero ahora ya no . A veces ni siquiera
cogía, dijo. Las chicas sabían que tenían un lugar cerca en el que podían
quedarse a dormir si estaban cansadas y no querían volver a sus casas lejos del
puerto. El timbre sonaba a partir de las cinco de la mañana. Los fines de
semana era normal que se quedaran cuatro o cinco en el departamento.
Más tarde llegaron Gordo y Tomás. Pidieron pizza y
despertaron a las chicas. Tomás se metió al cuarto de Gonzalo con una de ellas,
Roxana. Al rato salió él y entró Gordo.
Me asusté : al paso que iban las cosas, pronto me tocaría.
Así fue. Pasé a la habitación. En la cara de Roxana se notaban los trasnoches,
la vida agitada.
Le pregunté por qué lo hacía y se rió.
¿Me vas a entrevistar? Le dije que genuinamente me
interesaba saber de ella; tenía curiosidad, nunca me había topado con mujeres
de “ese mundo”.
Ese mundo es tu mundo, dijo.
En parte tenía razón, en parte estaba errada. Si bien la
sexualidad ocupaba un lugar importante en mi fantasía, me costaba hacerlo así
porque sí . Y en ese momento me interesaba más entender que acostarme, creo.
Me tocó la cara, me preguntó si lo íbamos a hacer o no.
Iba a responder cuando escuché risas detrás de la puerta: me
habían estado escuchando . Lo dejamos solo con una puta y se pone a
entrevistarla, gritaban. Sus burlas continuaron a lo largo del año: para ellos,
yo pensaba demasiado y no entendían por qué esa rara idea de que el sexo no
siempre vale la pena.
Por la noche fuimos a una pizzería en la calle Corrientes.
Tomás estaba enamorado de una chica de Sucre con la que hablaba todos los
domingos por la noche, en largas conferencias que le costaban caro. Gonzalo
salía con alguien en Cochabamba, pensaba visitarla en julio; yo la conocía, era
inteligente y despierta. Rubén era otro de los enamorados, escribía cartas
cursis , quería que su pareja llorara cada vez que las leyera.
No teníamos ni veinte años y ya llevábamos una doble vida .
Soñabamos con casarnos con esas lindas y dulces hijitas de papá que habíamos
dejado atrás –la mayor parte aún no nos habíamos acostado con ellas o si lo
habíamos hecho, había sido con un sexo contenido, prolijo–, pero no veíamos
ningún inconveniente en serles infieles con chicas que se acostaban por dinero.
En la universidad aprendíamos a criticar el patriarcado, por
la noche lo reforzábamos. Era una situación perversa pero habíamos hecho todo
por quitarle la perversidad, por entender lo que nos ocurría como si fuera algo
natural. La soledad es mala consejera, decíamos y nos reíamos.
Comencé a salir con la hija de un ex ministro boliviano que
vivía en Buenos Aires. Era tan elegante como recatada . Vivía en un departamento
enorme en Callao, me recibía en un saloncito con café y facturas. No pasábamos
de allí. Yo le hablaba de Los hermanos Karamazov , que leía esos días, ella de
sus viajes a Europa. Yo le decía que sentía que mis compañeras en la
universidad me veían en menos y que estaba aprendiendo cómo se sentía ser
discriminado.
En Bolivia yo pertenecía a la clase que discriminaba ,
Buenos Aires era una cura de humildad. Mis compañeros y compañeras me
preguntaban si había autopistas en Bolivia, si había dulce de leche y
edificios.
Les respondía que vivíamos en los árboles y que no todos los
argentinos se parecían a Martín Fierro. “¿Sos boliviano? No parecés”, decían y
esperaban que me lo tomara como un elogio . “Nos debés ver como nosotros vemos
a los yanquis”. Con todos esos comentarios era prácticamente imposible animarse
a pensar que una argentina compañera en la universidad podría ser mi pareja.
Curioso: la pertenencia a una clase favorecida de Bolivia me
ponía en un rol complicado. Me aburría con la hija del ex ministro y ambos
teníamos incorporado un esquema de relación de otras épocas pero que en una
Bolivia tan dividida por clases y etnias , nos correspondía. A la vez, el
departamento de Gonzalo y sus chicas me atraía cada vez más pero aún había
algo… Tomás fue el primero en ponerse de novio con una chica que había conocido
en un cabaret del puerto. Se llamaba Bárbara. Era rubia, voluptuosa , con una
voz dulce que no iba con la imagen que proyectaba. Sospechaba que ella usaba a
Tomás, que solo quería que él le comprara buena ropa y la llevara a
restaurantes caros. Era obvio pensar en eso; podíamos divertirnos juntos, pero
ser pareja estable era otra cosa. ¿A eso llegaba nuestra desesperación ?
¿Queríamos tanto salir con argentinas que nos tomaran en cuenta que estábamos
dispuestos a pagar por ese privilegio? Tomás me dijo por teléfono que no era lo
que yo creía, la cosa iba en serio.
¿Y la novia de Sucre? No va más.
No puedo creer que la hayas dejado por una puta. ¿Acaso va a
ser la madre de tus hijos? No jodas.
No sabía que Bárbara estaba escuchando por otro interno. Al
rato vino con Tomás a mi departamento; quería que le pidiera disculpas . Le
dije que no había sido mi intención ofenderla, simplemente se trataba de un
término descriptivo, ¿acaso no estaba orgullosa de lo que hacía? Nosotros
también tenemos nuestro corazoncito, dijo, y yo pensé que esta historia tenía
muchos lugares comunes.
Federico coqueteaba todo el tiempo con Alicia, que tenía
nariz respingada y ayudaba a sus padres con el dinero que recaudaba en el
cabaret . Él no la tomaba en serio, pero ella sí se enamoró o al menos eso
parecía. Yo le huía a Roxana, que decía entre risas que era “frígida” y que
solo yo podía curarla.
La hija del ex ministro y yo cortamos y comencé a salir por
primera vez con una compañera porteña de la universidad. Lo que ocurría todo el
tiempo en el departamento de Gonzalo me tenía alborotado, aunque yo no fuera
más que un mirón , y pensé que podía aplicar las lecciones aprendidas a la
relación con mi compañera de curso. Proponerle rápidamente que fuéramos a la
cama.
Debo decir que hasta entonces noviazgo y sexo estaban
separados para mí. En mi adolescencia en Cochabamba había aprendido que a mis
parejas serias no las podía tocar. La sociedad boliviana era muy machista,
convencional y llena de circunloquios. Sin embargo, todo cambió rápidamente a
principios de los noventa, aunque, quizás porque la sociedad era más pequeña,
aún había que cuidar las apariencias , el “qué dirán”.
Mi compañera de curso se rio de mí propuesta. Había tenido
una mala experiencia con su anterior novio; la había dejado para asumir los
hábitos religiosos , y quería esperar. Solo yo podía tener esa mala suerte,
pensé. Las argentinas veían el sexo como algo relativamente normal, y a mí me
tocaba ella.
Un día Bárbara apareció llorando en el departamento que
Federico y yo compartíamos. Tenía las mejillas rojas, marcas en el cuello; Tomás
le había pegado , dijo. Preguntó si podía quedarse unos días con nosotros.
Había sido tonto pensar que esta extraña situación conduciría a algo positivo.
Federico comenzó a salir con una estudiante boliviana de
Santa Cruz. Debía ser muy tarde una noche cuando sonó el intercomunicador del
departamento; eran Alicia y Roxana. Me preguntaron por Federico y les dije que
no estaba. Me pidieron pasar a esperarlo; hacía frío y no tenían ganas de
esperar a un colectivo.
Las hice pasar a la salita y volví a mi habitación. Al rato
entraron a la habitación y me dijeron que estaban cansadas y me preguntaron si
podían dormir un rato conmigo mientras esperaban a Federico. Me arrinconé en la
cama para hacerles espacio. Roxana estaba a mi lado y volvió a decirme que siempre
le había gustado.
Que me animara.
Me fui despertando. No podía creerlo, qué dirían mis amigos.
Estaba en la misma cama con dos prostitutas y no quería acostarme con ellas .
Eso no podía quedar así. Le agarré la mano y la conduje hacia mí hasta venirme.
Luego me dormí. A la mañana siguiente me sentí mal. Había cruzado una línea
importante.
Dos días más tarde descubrí que tenía una enfermedad que
solo se curaba con ocho inyecciones.
A principios de los noventa ninguno de nosotros seguía
viviendo en Buenos Aires. Cada uno se fue por su lado. Tomás se casó con una
buena chica pero nunca dejó de frecuentar prostíbulos . Hace poco lo encontré
en Cochabamba. Me dijo que ese fin de semana se iba de viaje con una chica que
acababa de conocer “ya sabes dónde”. Recordé esos días en Buenos Aires, esos
días en que, en las clases, criticábamos el modelo legado por nuestros padres,
y por las noches no hacíamos más que reforzarlo.
Todo había cambiado y nada había cambiado: la aparente
liberación de las costumbres no alcanzaba a destruir siglos de conducta
patriarcal. Para algunos, la diversión sólo se encuentra aún fuera de casa. Y
previo pago, así no hay dudas de quien manda.
Fuente: http://www.clarin.com/sociedad/titulo_0_665333625.html

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