1 de junio de 2012

EN DEFENSA PROPIA


de La Garganta Poderosa, el Lunes, 21 de mayo de 2012 a la(s) 18:28 ·

Esperaba en la sala de partos, Eduardo, ansioso, feliz, nervioso, aquel 26 de enero de 1988. Y el primer pan bajo el brazo, lo hizo sonreír: “Es un varón”. Desde la cuna, en aquella maternidad de Vicente López, con más carencias que sonajeros y juguetes, Ale empezó a mamar el esfuerzo de María Luisa y su papá. “La verdad es que no quiero hablar con nadie. Y sí, quiero llorar, pero no puedo”, dice y siente mamá, agobiada más que nunca por los azotes sociales, económicos y humanos que la atormentaron toda su maternidad, hasta arrancarle ahora de las manos, la única razón para su felicidad.
Siendo muy chiquito todavía, su nene ayudaba en los quehaceres de la casa, puesto que sus padres debían salir a trabajar varias horas por día para llevar adelante a la familia. Cuando mamá volvía, después de laburar como portera todo el día en una escuela, era usual que encontrara las sillas arriba de la mesa, porque su hijo ya había ordenado y limpiado todo. “Lo extraño un montón, cada vez que llego y no está ahí, esperándome con unos mates”.
Ya zambullido en su adolescencia, no se sabe bien qué día, ni a qué hora, para sus amigos dejó de ser Ale y pasó a ser Cachete. Pero sí se sabe por qué: tenía una sonrisa constante y gigante, que inflaba sus pómulos con una frecuencia llamativa. “Reía, bailaba, y también soñaba”, dice María. Y nosotros lo repetimos: reía, bailaba, y también soñaba.
De barrio, de pierna fuerte y corazón grande, guardaba en el fútbol sus máximas pasiones, como jugador, como hincha, como pibe. Pero el precio zarpado de las entradas y la lejanía con el club, lo obligaban a ver a su querido Boca por televisión, junto a su viejo, que no pudo hacer Millonario a ese varón. “Cuando tenía cuatro años, su padrino lo miró fijo a los ojos y le hizo un ofrecimiento que lo marcó para toda la vida: ‘Si te hacés de Boca, te compro el equipo completo’. Así, tuvo su primera remera, y se hizo de Boca hasta la muerte”. Hasta la muerte.
Que lo diga Wikipedia: Alejandro Ezequiel Morilla nació y vivió siempre en Villa Melo, localidad de Villa Marteli, provincia de Buenos Aires. Hasta los 14 años, junto a su familia, afrontó la vida bajo un techo muy, pero muy, precario. Y cada vez que llovía, veía llorar a su mamá, resignada, por esas putas inundaciones. Sentía su cuerpo congelarse y tiritaba, en silencio, contemplando el frío de sus dos hermanos, Maxi y Eduardo, que vivían debajo de un techo de chapas.
“Hay mucha discriminación contra los que vivimos en el barrio. Tanta que la otra vez fui a comprar un calefón, y no me lo quisieron traer”, explica María, quien hace diez años, con mucho esfuerzo, logró mudarse con su marido a un departamento, también en la villa, a unos metros de esa casa de la infancia. Pero Ale siempre tenía presente, en todo momento, que una década después de aquella mudanza, sus padres vivían trabajando para poder pagar el “nuevo” hogar, en la villa. Como tantos otros vecinos del barrio, padecieron múltiples promesas de urbanización, pero sólo 200 viviendas fueron construidas de las 1400 auguradas para cada una de las familias del lugar.
En la cocina, nadie superaba las obras de Alejandro, que no delegaba ni en su propio padre la responsabilidad y el orgullo de hacer los asados para su familia. “Era muy familiero y solidario. Y si tenía que ayudar a algún compañero, enseguida estaba”.
Ah, también era coqueto, Cachete. Muy coqueto. Le gustaba vestirse bien, usar gorrita y andar en moto o en auto, cuando tenía tiempo libre entre los trabajos de tapicería que hacían con su papá. “El diario Clarín, en su edición del 18 de marzo, informó que Alejandro paseaba en un Gol adquirido con dinero robado. Pero el auto y la moto se los había comprado el papá, con plata de su propio trabajo. Siempre tratamos de darle lo mejor”. Siempre.
Como tantos pibes de su edad, Ale disfrutaba mirar la tele, y alguna película también. Es más, le ponía mucha atención a las publicidades, que evidentemente le generaban, como a todos, ese hambre de consumo, una necesidad de tener lo que se presenta como “necesario e indispensable”, para ser mejor. Tal vez por eso, o por tanto más, un día, Ale salió a robar, Cachete. Tenía 21 años. Y lo apresaron.
Pasó dos años en la cárcel, en el penal de Sierra Chica. “Y cuando salió, estaba cambiado. Más duro, un poco más insensible, como distante. Ahí adentro, no vivió bien. Al volver, no quería salir a la calle. De hecho, estuvo encerrado como un mes, en la casa, tomando mate. Volvió mucho peor, porque en la cárcel vivió muchas cosas y hasta, en una ocasión, le robaron lo poco que tenía, incluida la comida. Si no entregaba todas sus cosas, su vida corría riesgos. Y entonces, en vez de rehabilitarlo, la prisión empeoró su situación”, confía María, nombre que Ale había decidido tatuarse para siempre en su pecho.
A poco menos de un año de salir en libertad, Alejandro salió a robar. Y buscando algo que no tenía, algo que tal vez nunca tuvo o algo que quizá nunca hubiera tenido, decidió entrar traspasar una puerta. Era la casa de “Baby” Etchecopar.

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