20 de julio de 2012

Tres de cada 4 empleados se llevan mal con sus jefes


Según una encuesta, la mayoría quisiera insultarlos o renunciar. Las quejas son porque no valoran su trabajo ni apoyan su desarrollo. Para los especialistas, es la causa principal del mal clima laboral.

El estereotipo que indica que en las relaciones laborales los subordinados detestan a sus superiores tuvo su actualización cinematográfica más reciente en Quiero matar a mi jefe . En la película, tres empleados víctimas de superiores insufribles deciden terminar definitivamente con ellos. En la realidad habitualmente se está lejos de esos extremos, pero al parecer el cliché de los jefes poco queridos sigue teniendo sustento: una encuesta llevada a cabo por el sitio internacional Trabajando.com, dedicado al reclutamiento de ejecutivos, indica que tres de cada cuatro empleados tiene una mala relación con sus jefes.

Cuando a los encuestados, más de dos mil argentinos, se les preguntó “¿Qué te gustaría decirle a tu jefe?”, el 30 % de ellos contestó que tenían ganas de espetarle un insulto: “Váyase a la punta del cerro y déjeme hacer mi trabajo” (la frase ofrecida como opción evita la grosería pero es elocuente, explican en Trabajando.com).


A su vez, un 28 % expresó estar deseoso de dejar oír un breve pero contundente “¡renuncio!” y un 18% de la muestra afirmó que quisiera contestar a alguna indicación de su jefe con un virulento “hágalo usted mismo”.

Pablo Molouny, gerente general de la filial argentina de Trabajando.com, señala que estas respuestas (que suman el 76 % de la muestra) indican una relación insatisfactoria con los jefes. “La experiencia indica que aún la respuesta ‘¡renuncio!’, que podría interpretarse como insatisfacción hacia el trabajo y no hacia el jefe, es en la mayoría de los casos dirigida a los superiores y no a la empresa empleadora”, explica Molouny.

El resto de los encuestados respondieron que quisieran decirle a su jefe “quiero ser como usted” (un 19%) y “lo quiero tanto” (un 5 %). Aunque un 6 % de quienes optaron por estas respuestas admitieron que lo harían de modo irónico.

Basado en su experiencia en entrevistas laborales, Carlos Contino, de Cona Recursos Humanos, señala que en la conversación de búsqueda laboral es típico que los candidatos deban responder sobre por qué dejaron su último empleo o por qué están buscando un cambio laboral. “Ante estas preguntas, más del 50 % nos responde ‘por el mal clima laboral’ y cuando indagamos sobre eso aparecen los problemas con los jefes”, cuenta Contino.

“Como consecuencia, frecuentemente nos encontramos con la frase ‘no me voy de la empresa, me voy de mi jefe”, resume el experto.

Molouny coincide plenamente: “lo habitual es que las personas no tengan grandes diferencias con las organizaciones para las que trabajan, sino con sus líderes”, dice.

Para Contino, las quejas más comunes hacia los jefes son: “no valora mi trabajo”, “pocas veces o nunca hace referencia a mi buen desempeño”, “siempre marca mis debilidades y no mis fortalezas”, “no me apoya en mi desarrollo” y “¡no entiende que tengo una vida además del trabajo!”.

Según la investigación de Trabajando.com, la mala relación con los jefes no está relacionada necesariamente con que los empleados los consideran incompetentes. Cuando se le pidió a los encuestados que evaluaran a sus jefes en una escala del uno al siete, siendo uno la nota más baja, un 64 % los calificó con cinco puntos o más.

“Muchos empleados reconocen en su jefe un buen profesional, lo que le reprochan en general es su incapacidad para ser un buen líder de equipo”, explica Molouny.


“Nunca nadie me hizo sentir tan indigna”
POR MAURO AGUILAR

Graciela Zuloaga tiene 48 y una vida como empleada bancaria que preferiría olvidar. El hostigamiento de su jefe, el gerente de una entidad cooperativa de la localidad santafesina de Correa que luego pasó a manos privadas, la obligó a tratarse con psiquiatras, neurólogos y psicólogos. Estuvo postrada en la cama dos meses por una depresión. “No sabía quién era” por el efecto de las pastillas. Pidió una licencia en 2010. La despidieron a fines de 2011, después de 28 años como empleada. Todavía le cuesta pasar por la vereda y aún sigue bajo tratamiento. Los profesionales le dijeron que el suyo es un típico caso de “violencia laboral”.

“Nos obligaban a trabajar de siete a siete. Y si no lo hacías empezaba a apretar: ‘Sos mala empleada, mala compañera, no sabés trabajar en equipo’. No te pegaban, pero era una violencia que te carcome el cerebro. Nunca nadie me hizo sentir tan indigna como en ese lugar”, recuerda. Le pedían que dejara “la sangre por el banco”. Y hasta la obligaban a pasar por la gerencia para que le abrieran la puerta al irse: “Me daba hasta miedo pedirle la llave. La tenía como si fuera el carcelero”. De nada sirvieron sus calificados antecedentes, la pericia para ocupar distintos cargos ni la relación personal con su jefe. Con él jugaba cuando eran pequeños y a él lo empujó desde su lugar de docente para que terminara los estudios secundarios. “Pero bueno, hay gente que cambia con un cargo, con un sellito de madera”, lamenta. “De él recibí un maltrato constante”, asegura.

SOCIEDAD
“Trataban de ponerme palos en la rueda”
POR ROXANA BADALONI

Javier Marinelli (28), trabajó cerca de dos años en una sandwichería en la zona de Arístides Villanueva, el nuevo polo gastronómico de Mendoza. Fue una experiencia frustrante: “Trataban de ponerme palos en la rueda todo el tiempo”, dice. Trabajaba como recepcionista y uno de los responsables de llevar la comida a la mesa. Los cruces con la encargada del negocio, una mujer de unos 35 años, no tardaron en llegar: “Todo dependía del humor con el que venía al trabajo. Cuando estaba molesta por algo, mejor ni hablarle”, recuerda. Los periodos de descanso y los beneficios para hacer tareas más livianas variaban según el estado de ánimo de su jefa. Después de un año, las cosas empeoraron. Le cambiaron las condiciones del trabajo, sin contemplaciones: “Habíamos arreglado que no trabajaba los sábados por la noche, pero me obligaban a ir igual”, dice. Pero lo que más lo desconcertaba era que para su encargada “un día estaba todo bien y otro todo mal, de la noche a la mañana”. Y detalla un plan algo perverso: “Ella decidía quién era el mejor mozo del salón. Por temporadas agarraba a uno y lo consentía, lo que generaba envidia y malestar con el resto de los empleados por el favoritismo que se creaba”. Dice que el empleado consentido del día era invitado a fumar o tomar café con la jefa y ganaba un descanso más. Javier soportó el hostigamiento hasta que consiguió un nuevo trabajo. “Aprendí a manejar la situación: cuando sabía que mi encargada estaba mal ni le hablaba”, dice.

Cuando el mal vínculo ya pasa a ser maltrato laboral
Los especialistas aconsejan tomar un rol activo por la vía legal. Pero reunir pruebas no suele ser tarea fácil.

¿Con qué herramientas cuenta un trabajador que busca salir de una situación de maltrato? Los especialistas consultados por Clarín coinciden en que son pocas. Se debe a que los departamentos de Recursos Humanos no resuelven estos asuntos y que una mala relación laboral termina en silencio o en juicio, una instancia complicada para el empleado porque es muy difícil reunir los elementos para probar un hecho de violencia en el trabajo.

Susana Treviño Ghuioldi, abogada especializada en violencia laboral, señala que se debe distinguir una relación poco satisfactoria con un jefe en un clima de organización del trabajo de los casos de violencia laboral, denominación que abarca todas las variantes de maltratos y acosos. Que en el país no exista una Ley de Violencia Laboral –explica Treviño– no quiere decir que las víctimas de estas situaciones estén desprotegidas. “Un ambiente de trabajo saludable, el trato digno, la moral y la salud psicofísica son derechos reconocidos por legislaciones laborales y por tratados internacionales con rango constitucional”, dice la experta.

Pero cuando eso no sucede, las opciones escasean. “Lo primero que un trabajador piensa es que yendo a hablar a la oficina de Recursos Humanos su conflicto está resuelto. Sin embargo, en la mayoría de los casos no ayuda porque ese departamento es parte de la organización”, señala el psicólogo Jorge Campilongo, del Foro de Maltrato Laboral. Y sigue: “Una carta documento puede funcionar como un llamado de atención para que alguien tome cartas en el asunto”.

Gabriel Figueroa, abogado laboralista y miembro de la Sociedad Argentina de Derecho Laboral, pone el foco –también– en los departamentos de RR. HH.: “Es necesario luchar por el desarrollo estratégico y de gestión de las oficinas de personal, porque ése es el lugar donde el trabajador debe encontrar contención ante un problema de maltrato”. El especialista asegura que si ése camino se agota lo que sigue es un juicio laboral para el que habrá que juntar testigos o mails que den cuenta del maltrato, algo a veces muy difícil de reunir. Aunque lo consiguiese, el empleado sería despedido y el jefe que maltrata seguiría en su cargo.Campilongo sugiere que ante una situación de violencia, el empleado debe tomar un rol activo. “No quedarse en la queja o en el silencio. El tiene que ser el primer interesado en que la situación en la que está, cambie”, plantea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Envíe su consulta, contestaremos a la brevedad en el horario de Lunes a Viernes de 09 a 19hs.
Saludos cordiales.

SENTENCIA INTERLOCUTORIA N° 45567 SALA VI Expediente Nro.: CNT 38955/2018 (Juzg. N° 51) AUTOS: “GONZALEZ RAUL FABIAN C/ MINISTERIO...