19/10/2012 Por Diego Rojas (@zonarojas)
En el segundo aniversario de la muerte de Mariano Ferreyra,
algunas reflexiones sobre una vida de militancia que fue interrumpida por la
burocracia sindical.
Fue mediante un mensajito de texto. Decía: “Una patota de la
Unión Ferroviaria mató a un compañero del partido. Hay heridos de bala”. Así me
enteré, mientras llegaba a la revista Veintitrés –donde trabajaba–, del
asesinato de Mariano Ferreyra. Me lo había enviado un amigo que había conocido
durante mi tiempo de militancia el en Partido Obrero unos años atrás. Recuerdo
cierta estupefacción: ¿Una patota, del sindicato, balas, muertos, heridos? Una
rara confusión mientras caminaba por el pasillo. Ingresé a la redacción. Los
títulos en la pantalla del televisor plasma que presidía una de sus paredes
confirmaban la noticia: “Matan a militante del PO en Barracas”. De esta manera
comenzaba –era una tarde de sol tibio aquel 20 de octubre de hace dos años– una
jornada agobiante, tempestuosa.
La Argentina se sumió en un estado de conmoción social
generalizada. Ferreyra, un militante de veintitrés años que participaba de una
protesta laboral, había sido asesinado, caído su cuerpo sobre el asfalto de un
barrio del sur porteño debido a las balas de plomo disparadas por la burocracia
sindical. Cinco días habían pasado desde que los dirigentes gremiales liderados
por Hugo Moyano sellaran su sociedad con la presidenta Cristina Fernández en un
acto en el estadio de River Plate. Allí había estado la Unión Ferroviaria
–luego se sabría que Cristian Favale, uno de los matadores, también había
estado–. “Lo mataron porque defendían un negocio”, se dijo en la improvisada
conferencia de prensa que diversas organizaciones de lucha realizaron en la
intersección de Callao y Corrientes esa misma tarde. Tercerización,
precarización, negocios, patota fueron vocablos que se conjugaban con Pedraza,
Ugofe, ferrocarril para empezar a cristalizar los significados de esa muerte.
Los hechos señalaban que el objetivo gremial de acallar a los manifestantes
tercerizados se había cobrado una vida y dejado gravemente herida a Elsa
Rodríguez, también militante del PO, que había recibido un balazo en la cabeza
y se encontraba en coma. Había dos heridos de bala más. Esos eran los hechos.
A medida que pasaba la tarde, una pregunta se me aparecía,
recurrente: “¿Cómo irá a tratar la prensa kirchnerista este crimen político?
¿Cómo lo hará la revista en la que trabajo?”. Había silencio. Esas primeras
horas que siguieron al crimen estaban dominadas por el silencio. En las redes
sociales los militantes kirchneristas, asiduos participantes, estaban callados.
Esperaban un pronunciamiento oficial, algo. Recuerdo un tuit, pasadas varias
horas, de uno de ellos que pedía: “Es necesario que alguien del gobierno diga
algo sobre lo que pasó, esto nos hace mal a nosotros”. Había silencio. El
miércoles era el día de cierre de la edición de Veintitrés. Se decidía la tapa.
A pesar de la magnitud del hecho político, se mantuvo la decisión de que una
entrevista a la abuela de Plaza de Mayo Chicha Mariani ocupara ese lugar. El
crimen de Barracas obtuvo un friso en tapa que prometía explicar las razones de
una “interna gremial” que se había cobrado una víctima. La operación se
repetiría: basta recordar a 678 realizando proponiendo la culpabilidad de
Duhalde, quien se habría reunido con Pedraza nueve días antes del homicidio.
Todo era falso. Al día siguiente, como miembro de la comisión interna de
Veintitrés, me reuní junto a otro delegado con Sergio Szpolski, quien nos
planteó que su grupo mediático haría todo lo posible por que se alcance
justicia (en ese mismo instante CN23 apostaba por la pista falsa del
duhaldismo) pero que no le daría espacio ni permitiría que aparezca la voz de
dirigentes del Partido Obrero, planteo que su grupo cumplió en toda la línea.
La misma orden había sido bajada en Radio Nacional, donde no se permitía
referirse a Ferreyra como militante, sino como “manifestante”. El día de su
asesinato me habían encargado que realice una columna contando quién había sido
Mariano Ferreyra. De ese modo tuve un primer acercamiento a su persona mediante
el relato de sus compañeros, a través de su página de Facebook –que me pasó
Pablo Rabey, el mismo amigo que me había enviado el mensajito de texto
anunciando su muerte–. Recuerdo que al final de la columna escribía una
referencia a su temprana militancia socialista que había sido cercenada por la
burocracia sindical. Esas líneas desaparecieron del texto que se publicó.
A dos años del crimen la investigación sobre los
acontecimientos no deja lugar a dudas: hoy, en el banquillo de los acusados de
Comodoro Py, donde funciona el tribunal, se juzga a los culpables del asesinato
de Ferreyra. Los miembros de la patota, los matadores, su jefe, la policía que
liberó la zona y –en un hecho histórico– los autores intelectuales del ataque
armado y escarmentador contra los tercerizados. Es cierto que faltan los
empresarios y funcionarios como el ex subsecretario de Transporte Antonio
Guillermo Luna, pero no está dicha la última palabra sobre esta cuestión. Cada
día de sesión, los testimonios aportan datos que terminan de armar el
rompecabezas que forma la imagen de la culpabilidad de los imputados. Los
acusados –todos– permanecen en silencio. Un silencio que los hunde. Se juzga a
los criminales, a los asesinos, pero también se juzga una forma de hacer
sindicalismo. Pedraza no es una excepción en el arco sindical: es la norma.
Dirigentes gremiales devenidos en empresarios que usan patotas para reprimir a
los trabajadores de sus propios sindicatos abundan. Basta pensar en Gerardo
Martínez quien, a pesar de haber sido servicio de inteligencia bajo la
dictadura, se sienta a la derecha de la presidenta Cristina Fernández en cada
reunión, o Andrés Rodríguez, criador de caballos de raza y sindicalista, para
dar solo dos ejemplos de la CGT Balcarce, oficialista. Basta pensar en Hugo
Moyano, quien vive en una mansión en Parque Leloir y rige empresas en las que
extrae beneficios a los afiliados a su sindicato, Amadeo Genta, un derechista que
está desde hace décadas en el gremio municipal, o el vergonzoso ruralista
Gerónimo Venegas, por mencionar algunos de los ex socios del gobierno
kirchnerista. Si la noción de que se juzga a toda la burocracia sindical en la
figura de Pedraza se cristaliza en la clase trabajadora y el resto de la
sociedad –y se concluye, entonces, con que hay que barrer con esa casta
parasitaria–, se podrá pensar que el tiempo transcurrido desde el crimen no ha
pasado en vano, que la justicia podría materializarse dentro y fuera del
tribunal.
Una extraña emotividad me persigue desde que asesinaron,
hace dos años, a Mariano Ferreyra. Quizás comenzó en ese momento, en el
cementerio de Avellaneda, cuando vi a decenas de sus compañeros llorando,
abrazándose, consolándose por haber perdido a uno de los suyos, porque se los
habían quitado. Una rara sensibilidad que surge cuando una circunstancia se
conjuga con su imagen en una pared de alguna calle porteña. O al ver los videos
que su recuerdo inspiró; o al constatar la memoria, amor y convicción de su
familia; o al percibir los sentidos que produce entre sus camaradas. Ferreyra
podría haber sido cualquier otro chico que viva en este país –pero no se podría
omitir que era un cuadro revolucionario, que esa era su tarea–. La última imagen
de su militancia –y de su vida– lo muestra ahí, codo a codo con sus compañeros,
atravesando todo el ancho de una calle en Barracas, formando un cordón de
seguridad para permitir la retirada a salvo de las mujeres y los más chicos y
los ancianos. Esperando allí la llegada de la patota, firme, diciéndole a un
compañero que le había manifestado un poco de temor: “Tranquilo, no pasa nada”.
Con su metro setenta y pico y menos de sesenta kilos de peso, flaquito como
había sido siempre, dispuesto a no retroceder para evitar el ataque de la
patota. Decidido.
Luego cayó.
Mariano Ferreyra fue asesinado por una burocracia sindical.
También es cierto que el olvido no se posará sobre la
memoria de su vida.
* El sábado 20 de octubre, a dos años del crimen de Barracas,
se realizará una movilización a las 15 horas que partirá desde Congreso y se
dirigirá hacia Plaza de Mayo reclamando “Justicia por Mariano Ferreyra.
Perpetua para Pedraza. Fuera sus patotas y los empresarios del ferrocarril”.

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