Fabián Tomasi
tiene 46 años, vive en la localidad entrerriana de Basavilbaso y sufre de
polineuropatía tóxica, producto de haber trabajado durante años como peón rural
para la empresa Molina y Compañía manipulando agroquímicos. Hoy ya no puede
trabajar y tiene una jubilación por incapacidad. "Soy un envenenado del
modelo productivo que salvó económicamente al país", dice con total
crudeza. Hablamos con él y nos contó su historia. Por La Retaguardia, en la
RNMA Por
ANRed- E (redaccion@anred.org)
“No hay manera
de esparcir 300 millones de litros de veneno por año y creer que eso no va a
afectar a la salud humana. Día a día se van incrementando los casos de
malformaciones y de muertes a escasa edad. Lamentablemente en muchos casos uno
no tiene la autorización para dar nombre y apellido como se debiera, puedo
decir que esto es moneda corriente en el interior. Yo no soy ambientalista,
periodista, ni médico, sólo soy un envenenado por un sistema productivo”,
señala Fabián en diálogo con La Retaguardia.
Lo
entrevistamos para confirmar la triste noticia de una nueva muerte por
agrotóxicos de un nene de apenas dos años y para que nos cuente su historia. Al
padre del niño le preguntaron si su hijo había tenido contacto con alguna
central atómica o productos químicos, a lo que respondió que él trabaja en una
estancia como encargado y que recordaba que al lado de la casa tenía un
depósito con muchos litros de veneno. Lamentablemente uno siempre tiene que
caer en lo mismo – agrega Fabián –, este es un problema que lo soluciona una
sola persona y desde allí en escala hacia abajo. Esto sucede por el desborde
del campo, todos son culpables, todo aquel que aplica veneno es culpable porque
no aplica el derecho precautorio ante la salud, ante la menor duda. Hay
estudios que corroboran lo que estoy diciendo”.
Fabián trabajó
durante años como peón rural en una empresa de fumigaciones aéreas de Entre
Ríos, a sesenta kilómetros de Concepción del Uruguay: “yo no marco mucho el
lugar porque es así en toda la pampa húmeda. Trabajaba como peón rural,
preparábamos los productos que traían los agricultores al lugar de la pista
improvisada donde aterrizaban los aviones, en cuero y short vertíamos los
venenos dentro de un bidón gigante y ahí lo subíamos al avión, nunca hubo un
ingeniero agrónomo allí, nunca hubo una receta agronómica, si había cuarenta
envases de veneno se echaban los cuarenta envases de veneno y todos sabemos que
un ingeniero agrónomo habla de fracciones por hectárea efectivas, que aquí
nunca existieron. El tipo del campo venía y decía, ´esto me salió demasiado
caro, que no sobre, echalo todo´, creyendo que así era más efectivo, y fue
efectivo, yo en este momento no tengo casi ningún músculo del cuerpo sano y
millones de problemas de salud, porque como las sustancias están elaboradas
para matar, todo lo que sea malezas, vegetales o animales,. Todo lo contrario
al cultivo que se quiere defender es considerado un problema, entonces se trata
de eliminar”, relata Fabián.
Fabián tiene
polineuropatía tóxica, producto de la intoxicación por largo contacto con
agroquímicos. Esta enfermedad le produce problemas en el sistema nervioso
periférico, ya no puede trabajar, por lo que cobra una jubilación por
incapacidad. Cuando se le pregunta cómo fue que se enfermó, explica: “yo era el
que destapaba las latas y tirábamos el veneno adentro de un tarro para que de
ahí al través del motor vaya al avión, lavábamos la panza de los aviones con
veneno, desagotábamos los tanques de los aviones con veneno, comíamos con
veneno. Nunca la empresa me mandó a un curso de capacitación por un trabajo
riesgoso como se considera, nunca me pagaron un adicional porque esto no es
cuestión de plata, yo quisiera que me devuelvan la vida gratis, sin ningún tipo
de plata porque siempre tuve la posibilidad de ganar poco pero nunca me quejé.
Si ellos me devuelven la vida, y esto parece un poema, yo no hablo más del
tema. Como sé que una cosa no va a poder ser, la otra tampoco”.
Además, los
agroquímicos borraron sus huellas digitales, lo que le imposibilitó tener
documento por cuatro años. Recién cuando se contactó con la doctora Graciela
Gómez, una referente en la lucha contra los agrotóxicos, ella le envío una
carta al ministro del Interior de la Nación, Florencio Randazzo, quien llamó en
persona a Fabián, como así también el ministro de Gobierno y Justicia
provincial Adán Bahl. Al respecto, Tomasi detalla: “Randazzo me dice que no
estaba enterado de mi problema y que iba a intentar solucionármelo. Hay miles
de personas que por un motivo u otro, nacen sin huellas digitales… pero yo no
voy a jugar al gato y al ratón, acá todos saben qué está pasando. Yo a los
políticos los creo demasiado inteligentes, esto es algo que se está escondiendo
y quién le va a hacer caso a un pobre piojo… ante una inversión anunciada por
la presidenta de 1500 millones de dólares de la instalación de Monsanto en
Córdoba, a que yo diga que esto hace mal. Es casi como David y Goliat”.
Fabián pide
perdón por la crudeza de su relato, pero dice que ya no tiene tiempo para
discutir de una manera más tranquila: “ya estoy en la etapa de largar el veneno
que me hicieron tragar”, asegura. Pero hay una diferencia fundamental: su
veneno no va a matar a nadie. Sólo persigue el objetivo de mostrar el lado más
oscuro de la soja que, si bien genera riquezas, también arruina vidas. Algunos
de quienes la sufren gritan para denunciarlo, pero todavía encuentran pocos
oídos dispuestos a escucharlos.
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