Once, la tragedia después de la tragedia: Mireya.
Antes del #22F, Mireya del Pilar Bedia Ramos, tenía una
vida. Ahora tiene una pila de problemas: conseguir 4000 pesos por mes sólo para
pagar sus remedios sin trabajar -ya que su cuerpo no le sirve para mucho- y
lograr que la atiendan en los hospitales públicos.
Hasta ahora no tuvo suerte con ésto último y depende de una
obra social chica. Me contó que en varios hospitales se negaron a atenderla
porque sus problemas son “tan delicados” que admitirla es como comprar un lío.
¿Cómo hace una mujer pobre que quedó discapacitada para
afrontar tantos gastos en salud?
¿Por qué nadie ayuda a Mireya si su vida está rota por una
tragedia que -según determinó la Justicia con los procesamientos ordenados-
podría haberse evitado si funcionarios y empresarios no hubiesen desvíado
fondos que debían destinar a mantener los trenes?
Mireya no puede responder esto; tiene bastante trabajo con
sobrevivir. Miren la lista: su pierna derecha no tiene sensibilidad y renguea,
su columna quedó tan rota que ahora los médicos le dijeron que se la van a
inmovilizar así no le duele el nervio siático, en el centro de su cavidad
cerebral tiene alojado un coágulo que le amenaza el nervio óptico, el auditivo
y, como si eso fuera poco, por la nariz pierde líquido encefaloraquídeo.
Sufre ataques de pánico y disociación de personalidad y
nunca más se pudo subir a un ómnibus o a un tren.
“He intentado varias veces, pero no lo puedo soportar. Tengo
ataques de pánico hasta cuando escucho el ruido de alguna sirena. Me pasa que
me arranco el pelo y grito, pero después no me acuerdo de nada”.
Mireya vivía en Morón y se mudó a una piecita en Barracas,
en la parte de atrás de una galería, en el fondo de lo que sería un local, en
un primer piso por escalera que no sé cómo sube.
Vive allí junto a Angel, su novio desde hace 9 años. El
hombre con el que se vino desde Perú hace 9. Angel es su ángel de la guardia,
el que la mantiene y le compra helados de agua para vender desde su casa para
que así, por lo menos, ella, que siempre fue hiperactiva no se sienta tan
muerta en vida.
Mireya tiene 24 años y el 22 de Febrero de 2011 era su
último día como trabajadora de Dimacomp, una empresa de informática del barrio
de Belgrano adonde comenzó haciendo limpieza y avanzó como cadete y
administrativa.
Ese día, en el que todo cambió para siempre, Mireya también
tenía en mente un cambio: arrancar en marzo en una clínica del Palomar como
enfermera profesional.
Ésa es su verdadera vocación y eso dice que es en el título
que me muestra orgullosa y que trajo bajo el hombro desde Perú cuando emigró a
la Argentina. También me muestra su boletín de calificaciones que (alternana 9
y 10 en todas las asignaturas)
Para no perder tiempo, porque así es Mireya, ya se había
inscripto en el UBA XXI. Quería validar su título acá.
Quería trabajar, vivir con Angel y tener hijos. Quería, los
fin de semana, juntarse con sus paisanos a comer comidas típicas y bailar..
como cuando se vestía como cholita y vivía en Perú. (De eso también me mostró
fotos. Tiene todo guardado prolijamente para recordar quién era hasta el año
pasado). Bailar era su otra pasión.
Pero se subió al tren ese día y bueno.. Ya saben. “Para mí
era algo normal viajar así sin moverme unos arriba de los otros y nunca iba al
primer vagón porque siempre se decía que era el más peligroso”.
Ese 22 de Febrero no le quedó otra. Quedó atascada en el
primer vagón y sufrió el mayor impacto del choque. Con un caño de esos que
tiene el tren para apoyarse incrustado en la cadera permaneció horas esperando
su rescate.
Vió morir a muchos a su alrededor. Vio cosas horrendas y
olió aromas inolvidables y crueles. Su brazo sufrió aplastamiento porque se
estiró lo más que pudo para agarrar la mano de otro pasajero que clamaba ayuda.
Lo demás es tan horrible que no se los cuento porque me
parece que es sórdido hasta para leerlo.
El punto es que Mireya cayó en la pila de muertos por un
rato por una confusión y después se dieron cuenta que estaba viva y volvió al
anden del tren adonde creía que se estaba viendo desde el cielo. Pensó “estoy
muerta y esta que piensa es mi alma”. Pero estaba viva. Reaccionó porque una
mujer que la conoció le gritó “Mireya estás viva!”.
Pasó un año. No recibió un peso de ningún lado. No le hizo
caso a los caranchos que la persiguieron hasta el hartazgo porque le daba
“culpa hacerle juicio al país” que le dio “tanto”.
Ahora accedió. Pero no piensa en eso. Piensa en cómo y
cuándo podrá volver a ser ella. Piensa si podrá volver a ser ella.
Esta es su casa. Entrá conmigo.
Fuente: http://www.mariajuliaolivan.com.ar/
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