POR RICARDO CARPENA
Condenado. La sentencia contra Pedraza, un mensaje para el
sindicalismo k. / G
Puede ser que nada sea como antes. O que todo sea más de lo
mismo. Hoy, por ejemplo, la nueva conducción de la Unión Ferroviaria analizará
el fallo judicial por el crimen de Mariano Ferreyra y, a priori, lo que parece
estar en juego es si encarna o no un “pedracismo sin Pedraza”, como acusa con
insistencia la izquierda. Pero hay mucho más: el pronunciamiento puede servir
de modelo para el resto de la dirigencia sindical alineada con el Gobierno.
Después de todo, el condenado José Pedraza es una parte, aunque decisiva, de
esa tríada de complicidades que también integran los funcionarios kirchneristas
y los empresarios a cargo de las concesiones de los trenes.
Por eso el mensaje de la flamante cúpula que lidera Sergio
Sasia, que asumió el miércoles pasado como el sucesor del sindicalista que
acaba de ser condenado a 15 años de prisión, también dará algunas pistas sobre
cómo reacciona el gremialismo oficialista ante un gobierno que se desligó,
tragedia mediante, de una dirigencia a la que estaba fuertemente vinculada por
afinidades políticas y por negocios muy prósperos.
En ese espejo se ven patéticamente reflejados todos los
sindicalistas K: se sienten identificados con el destino final de Pedraza y
creen que está pagando el precio de haberse subido, de manera incondicional, a
lo más alto del dispositivo oficialista. Hay complicidades que matan,
obviamente, pero sólo hay algunos que cargan con las culpas.
Lo que estuvo detrás del caso Ferreyra va más allá de la
muerte del militante trotskista. Como la aceitada maquinaria de corrupción en
el sistema ferroviario, que incluyó los subsidios a las concesionarias como eje
del reparto de “utilidades” que benefició a empresarios, funcionarios y
sindicalistas, pero nunca a los pasajeros ni al servicio de trenes, que, diez
años después del denostado menemismo, funciona peor que nunca.
O la hipocresía kirchnerista, que auspició demagógicamente
la búsqueda de justicia por Mariano Ferreyra luego de haber apadrinado a
Pedraza y de haber utilizado a la patota sindical para desalojar a la izquierda
de las vías y así garantizar la estructura de sus negocios. El fallo judicial
habla de una “convergencia intencional” entre la policía y los responsables del
crimen.
¿Pueden los efectivos policiales liberar una zona y proteger
a matones ferroviarios sin una orden del poder político?
Imposible. ¿Y qué hubiera pasado si los disparos surgían de
un arma policial y no de la de un activista sindical? Cristina no podría haber
dicho con tanta tranquilidad que la bala que asesinó al joven militante del
Partido Obrero también había rozado el corazón de Néstor Kirchner.
Lo que paso ese fatídico día en que murió Mariano Ferreyra
también fue una consecuencia directa de la decisión del Gobierno de
transferirle a la dirigencia sindical la facultad de enfrentar a la izquierda,
quizá para no quedar involucrado en el ataque a ese sector que interfería el
lucrativo negocio de los trabajadores tercerizados. Las reveladoras llamadas
entre Pedraza y el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y la secretaria de
Trabajo, Noemí Rial, confirman de qué lado se había puesto el Gobierno.
Cuesta analizar este cuadro sin tener en cuenta las
constantes acusaciones de la Casa Rosada contra otro crítico del negocio de los
tercerizados como Rubén “Pollo” Sobrero, el combativo delegado de la línea
Sarmiento, a quien Aníbal Fernández, cuando era jefe de Gabinete,
responsabilizó por los incendios de vagones en varias estaciones.
¿Y qué pasará cuando la Justicia deba encontrar a los
culpables de la tragedia de Once? Hay quienes creen que los jueces del caso
Ferreyra dictaron la sentencia con la mirada puesta en lo que decían los
medios, pero en la tragedia de Once hay altos funcionarios involucrados y
ningún personaje como Pedraza, que le resultó tan funcional al Gobierno para
desviar su responsabilidad en los desaguisados de los que fue partícipe.
Además de buscar la forma de digerir la caída de su colega,
el sindicalismo K tendrá otro desafío por delante: cómo transformar una CGT
Balcarce muda y paralizada en una central obrera activa y convertida en una
verdadera interlocutora del poder político. El primer paso se dará pasado
mañana, cuando, por fin, delibere el consejo directivo completo en el gremio de
los taxistas. El encuentro fue convocado por un puñado de dirigentes que, en el
último plenario de secretarios generales, percibió que existía una inquietante
ebullición interna que había que contener. Es que la CGT kirchnerista casi ni
se reúne y cuando lo hace, sólo se ven las caras los diez miembros de la “mesa
chica”, sigue sin una sede propia (se eligiría una mutual sindical desocupada,
en Alsina al 1300) y, para colmo, no deja de crecer la bronca por la
indiferencia de la Casa Rosada.
Mientras se espera el prometido encuentro con Cristina
Kirchner, ya hay dirigentes que sueñan con salir a la calle por varios
desplantes. Por ejemplo, la Superintendencia de Servicios de Salud no respondió
a ocho de diez reclamos sindicales (entre otros, el pago de una deuda de 15.000
millones de pesos) que ayudarían a salir a las obras sociales de su aguda
crisis. Y la AFIP tampoco contestó la carta cegetista en la que se pide elevar
de 93 a 180 pesos mensuales el aporte de los monotributistas a las obras
sociales, ya que la obligación de brindarles las mismas prestaciones que a los
trabajadores en relación de dependencia, que aportan mucho más, está desfinanciando
el sistema.
La única expectativa es que Cristina anuncie que, como en
diciembre, se exceptuará del pago de Ganancias al aguinaldo de junio. Como es
un tema tan sensible, se entiende el malestar interno que generó lo que dijo
Antonio Caló en el congreso metalúrgico de Mar del Plata: “Se van a sorprender
por lo que voy a decir: todos los trabajadores deberían pagar Ganancias porque
eso significaría que cobran más de 7.000 pesos”.

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