Condenar a los individuos para salvar al sistema
"La querella del PO, la Dra. Verdú, de CORREPI, nos
está hablando de un plan de tres patas, empresarios, ferroviarios y gobierno, y
que se terceriza la represión por parte de un discurso de un gobierno que por
un lado dice que no se criminaliza la protesta y por otro lado permite que
particulares lo hagan.
Buenos Aires, 22 de abril de 2013.-
La respuesta que entiende el tribunal a esto es que tampoco
eso se puede inferir del diálogo de Tomada con Pedraza. Tomada se lo quiere
sacar de encima. Pareciera que "la mejor defensa es un buen ataque",
es lo mismo como que le diga "siempre que llovió, paró". "Antes
que me digas que hace 40 llamados que no te devuelvo, lo único que te voy a
decir es que la mejor defensa es un buen ataque". Y después sí se habla de
todos esos tercerizados que ingresaron, y que hay que trabajarlos política y
psicológicamente para esta cuestión de que no traigan problemas de poder.
María del Carmen Verdú muestra, pero no demuestra lo que
afirma. En esa ausencia de despliegue, pliegue y repliegue está la diferencia
entre una prueba y una manifestación de principios. Esa referencia da cuenta
más de su propia visión del mundo que de un elemento que pueda transferirse de
razonamiento en razonamiento.
Es como la diferencia entre una demostración científica y un
truco de magia. Es imposible de verificación. ¿Por qué? Porque uno podría
plantear otra explicación causal a ese estado de cosas. Y ¿cuál es? Que la
falta de comprensión de las fuerzas de seguridad de lo que es esta expresión "no
hay que criminalizar la protesta" genera decepción en la ciudadanía y esto
genera reacción frente esa decepción, pero no implica que hay una articulación
para que esto opere. Por lo menos, no está demostrado".
Con esas palabras, el juez Horacio Días, presidente del
tribunal oral nº 21, quiso explicar por qué él y sus colegas rechazaron, por
unanimidad, la existencia de un plan criminal gestado, organizado y ejecutado
por la triple alianza antiobrera: el gobierno, la patronal y la burocracia
sindical, esos tres históricos aliados contra la clase trabajadora, que, así
como actúan de conjunto para garantizar sus comunes negocios, se complotaron
para aleccionar a los trabajadores que no les respondían y buscaban su propio
camino de lucha independiente. El asesinato de Mariano Ferreyra fue el
resultado de ese plan común.
El tribunal contestó también lo que dijo CORREPI, a través
de la compañera Verdú, en el alegato: "Es público y notorio, y por ello no
requiere más prueba que la observación de la realidad cotidiana, el modo en que
el gobierno nacional resuelve la paradoja de sostener ese latiguillo
propagandístico para cooptar consenso, al tiempo que lo apremia la necesidad de
poner freno a las demandas insatisfechas de los trabajadores que se organizan y
pelean. Y para eso están las patotas".
Cuando una proposición no necesita comprobación alguna,
porque es evidente, se llama axioma. Frente a un axioma que afecta los
intereses de la burguesía, sus intelectuales se ven forzados a utilizar la
falacia, como cuando el Dr. Días atribuye la participación policial en el
ataque a los trabajadores en Barracas a la "incomprensión" de las
fuerzas de seguridad y la "decepción que genera reacción" de la
ciudadanía ante la proclamación oficial de la "no represión de la protesta".
Veintiún asesinados en la represión al conflicto social en los 10 años de
gestión kirchnerista -incluido Mariano- y más de 4.000 encausados por luchar
son suficiente prueba para nosotros, y para quienes comparten "nuestra
visión del mundo".
Frente a un axioma, la burguesía también utiliza la mentira
lisa y llana, como lo hizo el juez Días cuando, mirando directamente hacia los
militantes de CORREPI, dijo: "la muerte de Walter Bulacio terminó con las
razzias". No lo dijo un día cualquiera. Era 19 de abril de 2013.
Exactamente 22 años antes, casi a la misma hora, el pibe de 17 años de Aldo
Bonzi era detenido en el operativo policial dirigido por el comisario Miguel
Ángel Espósito. Una semana después, murió como consecuencia del apaleamiento
recibido. Entre el 25 de mayo de 2003 y fin de noviembre de 2013, otros 2.224
adolescentes y jóvenes fueron asesinados por el aparato represivo estatal,
buena parte de ellos después de ser detenidos, como Walter, en razzias, por
averiguación de antecedentes, faltas o contravenciones, incluso en festivales
de rock, como Rubén Carballo. Ni CORREPI, ni nadie, necesita más que caminar la
calle para saber que nunca terminaron las razzias, las detenciones arbitrarias,
la tortura ni el gatillo fácil, que siguen vigentes las normas que permiten las
primeras y se dictan a diario sentencias que justifican los últimos.
El tramo de la explicación de la sentencia que el tribunal
dedicó tan directamente a CORREPI, es el corazón de los argumentos con los que,
tras 75 audiencias a lo largo de más de nueve meses, condenaron a un puñado de
individuos para salvar al sistema. Sólo rechazando la existencia de la evidente
"convergencia intencional" de los policías con la patota, con la
bendición de la empresa y el aparato estatal, podían los jueces garantizar la
impunidad de la dama y el rey, en cuyo beneficio entregaron un par de alfiles y
un puñado de peones que ya no eran más que lastre.
Tenían que negar el plan criminal y el uso de la
tercerización de la represión por exigencia de sus mandantes. Así, condenaron a
medias, para garantizar la impunidad de la patronal y el gobierno, y se negaron
a ordenar que se investigue a los funcionarios del gobierno nacional, a los
empresarios de UGOFE, a otros policías federales y provinciales y otros
miembros de la patota. Justificaron la condena por "homicidio
simple", y no por el homicidio calificado por haber sido cometido por más
de dos personas, en que "los acusadores no probaron el acuerdo previo para
matar". Fue, pues, una trágica casualidad que todos, tan bien coordinados,
hicieran lo que debían hacer para que el ataque se consumara.
Pero la verdad, cuando es evidente, se impone sola. El fallo
en sí mismo indica que hubo un plan, y no un simple homicidio. Es imposible
imaginar que la patota de Pedraza y los comisarios condenados se pusieran de
acuerdo sin la venia de sus jefes políticos. Fue un fallo diseñado a la medida
del gobierno, que por eso mandó a varios de sus funcionarios y militantes a
aplaudirlo. Un fallo autocontradictorio, pero completamente lógico desde la
perspectiva del sistema.
Las condenas de Pedraza, Fernández, Díaz, Favale, Sánchez,
Alcorcel, González, Pipitó y los comisarios Ferreyra y Mansilla por el
homicidio consumado de Mariano y los homicidios tentados de Elsa, Nelson y
Ariel; así como las condenas del comisario Lompizano, el subcomisario
Echavarría y el oficial Conti por incumplimiento de sus deberes y la del agente
Villalba por omisión de deberes de oficio, muestran con claridad hasta dónde
estuvo dispuesto a llegar el tribunal para hacer su propia manifestación de principios,
y exponer su "particular visión del mundo", esa que, como la nuestra,
expresa su punto de vista de clase. Y lo hicieron a fuerza de más de un pase de
magia, para negar lo evidente.
Por último, celebramos que, al fin, un tribunal se vea
obligado a reconocer que, cuando CORREPI litiga, hace una manifestación de sus
principios, y no queda atrapada en la falacia de una legalidad que no nos
pertenece ni está pensada para defender a los trabajadores y el pueblo.
El fallo:
El tribunal oral nº 21 condenó al secretario general de la
Unión Ferroviaria, José Ángel Pedraza, y a su segundo, Juan Carlos
"Gallego" Fernández, a la pena de 15 años de prisión como partícipes
necesarios del homicidio de Mariano Ferreyra y los homicidios en grado de tentativa
de Elsa Rodríguez, Nelson Aguirre y Ariel Pintos. A Pablo Díaz, titular de la
Comisión de Reclamos de la UF; al barra brava Cristian "Harry" Favale
y al ferroviario Gabriel "Payaso" Sánchez, los condenó a cumplir 18
años de prisión como partícipe necesario, el primero, y coautores, los dos
segundos, del mismo hecho. Otros dos integrantes de la patota de la UF, Daniel
González y Salvador Pipitó, recibieron penas de 11 años como partícipes
necesarios. Gustavo Alcorcel fue condenado a 8 años de prisión como partícipe
secundario, y finalmente, fueron absueltos los últimos dos ferroviarios,
Armando Uño y Juan Carlos Pérez.
Los comisarios Luis Osvaldo Mansilla y Jorge Raúl Ferreyra
(Control de Líneas y División Roca) fueron condenados a 10 y 9 años de prisión
respectivamente, como partícipes necesarios el homicidio consumado y los
homicidios en grado de tentativa. Los funcionarios policiales de la Dirección
General de Operaciones, el comisario Hugo Ernesto Lompizano; el subcomisario
Luis Alberto Echavarría y el oficial Gastón Maximiliano Ezequiel Conti, fueron
condenados a la pena de 2 años de prisión de ejecución condicional, como
autores del delito de incumplimiento de los deberes de funcionario público. Por
último, el agente David Ismael Villalba deberá pagar una multa de $12.500 como
autor del delito de omisión de deberes de oficio, mientras que el subcomisario
Rolando César Garay fue absuelto.

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