27 de febrero de 2012

Crónicas de Valentín

(Redactor invitado especialmente al blog, quién sabe que ojalá en breve con su propio blog). Un médico al servicio del pueblo, con el esfuerzo y alegría que eso conlleva.

Noches azules en la guardia

Desde un comienzo pareció ser un Hospital del conurbano más, su olor, su aspecto decaído por el paso del tiempo, las huellas del abandono y su perra suerte de seguir en pie.

Buenas noches-me dijo con un tono calmo y seguro- podía ver en su rostro cuarteado por los años que no era muy viejo, pero sí que estaba doblegado, y su andar era perfectamente coincidente con la calidez de su mano cuando la estreché.
Sí, dígame en que lo puedo ayudar. Le dije, bien pausado y muerto de sueño. La noche estuvo inquieta y llena de visitas enfermas, buscando un respaldo en esta guardia del conurbano. Mire- me contestó- estoy acá por algo que quizás sea medio atípico, mi esposa quiere despedirse de este mundo aquí. Creo que va a ser lo mejor.

Silencio.
Como un torrente de espejos rotos, no sabía qué imagen iba a ser la correspondida con lo que me estaba diciendo, le pregunto de qué se trataba. Espere un segundo- salió hacia la puerta en actitud tambaleante- y entra con una mujer muy delgada, cabizbaja y extremadamente delgada. Es mi mujer, Norma, está muy mal hace años y tiene un cáncer terminal. Traje su medicación para el dolor, morfina, sólo quiero un lugar tranquilo donde poder despedirme de ella y nuestra habitación no tiene momentos cálidos para poder terminar de despedirme de ella, silenciosamente, porque ya no escucha pero tiernamente porque la sigo queriendo como el primer día. Hace siete años, siete largos años que la estoy cuidando y parte de mi vida se va con ella. No le molesta, ¿no?.

Silencio.
Fuimos felices, sabe, muy felices. Creo que es momento, estoy listo y ella parece que también, aunque no me escucha, ¿sabe?. Pero lo veo en sus ojos.
Miré a la mujer, parecía doblarle en edad y era lógico, su enfermedad ya le había exprimido la última gota del brillo que me imagino tuvo.
No tuve hijos, me arrepiento, pero quizás ya en esos tiempos la enfermedad le había decretado no tenerlos, no lo sé pero a usted no le molesta que nos quedemos ¿le parece?

Silencio.
Mire, lo que usted me pide es atípico, le contesto sin saber muy bien qué reponderle, aquella mujer soltó la mano de una de los extremos de la silla y dejó caer su mano, respiró profundo y él, cuyo nombre ya se me olvidó, pero no el de Norma, se avalnzó sobre ella y le susurró al oído algo que escuché. Te amo, esperáme y perdonáme.

Silencio final.

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