(Redactor invitado especialmente al blog, quién sabe que ojalá en breve con su propio blog). Un médico al servicio del pueblo, con el esfuerzo y alegría que eso conlleva.
Noches azules en la guardia
Desde un comienzo pareció ser un Hospital del conurbano más,
su olor, su aspecto decaído por el paso del tiempo, las huellas del abandono y
su perra suerte de seguir en pie.
Buenas noches-me dijo con un tono calmo y seguro- podía ver
en su rostro cuarteado por los años que no era muy viejo, pero sí que estaba
doblegado, y su andar era perfectamente coincidente con la calidez de su mano
cuando la estreché.
Sí, dígame en que lo puedo ayudar. Le dije, bien pausado y
muerto de sueño. La noche estuvo inquieta y llena de visitas enfermas, buscando
un respaldo en esta guardia del conurbano. Mire- me contestó- estoy acá por
algo que quizás sea medio atípico, mi esposa quiere despedirse de este mundo
aquí. Creo que va a ser lo mejor.
Silencio.
Como un torrente de espejos rotos, no sabía qué imagen iba a
ser la correspondida con lo que me estaba diciendo, le pregunto de qué se
trataba. Espere un segundo- salió hacia la puerta en actitud tambaleante- y
entra con una mujer muy delgada, cabizbaja y extremadamente delgada. Es mi
mujer, Norma, está muy mal hace años y tiene un cáncer terminal. Traje su
medicación para el dolor, morfina, sólo quiero un lugar tranquilo donde poder
despedirme de ella y nuestra habitación no tiene momentos cálidos para poder
terminar de despedirme de ella, silenciosamente, porque ya no escucha pero
tiernamente porque la sigo queriendo como el primer día. Hace siete años, siete
largos años que la estoy cuidando y parte de mi vida se va con ella. No le
molesta, ¿no?.
Silencio.
Fuimos felices, sabe, muy felices. Creo que es momento,
estoy listo y ella parece que también, aunque no me escucha, ¿sabe?. Pero lo
veo en sus ojos.
Miré a la mujer, parecía doblarle en edad y era lógico, su
enfermedad ya le había exprimido la última gota del brillo que me imagino tuvo.
No tuve hijos, me arrepiento, pero quizás ya en esos tiempos
la enfermedad le había decretado no tenerlos, no lo sé pero a usted no le
molesta que nos quedemos ¿le parece?
Silencio.
Mire, lo que usted me pide es atípico, le contesto sin saber
muy bien qué reponderle, aquella mujer soltó la mano de una de los extremos de
la silla y dejó caer su mano, respiró profundo y él, cuyo nombre ya se me
olvidó, pero no el de Norma, se avalnzó sobre ella y le susurró al oído algo
que escuché. Te amo, esperáme y perdonáme.
Silencio final.
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