Esposada. Lidia “Liliana” Medina, ayer, al llegar a los Tribunales.
Fue en el juicio por la desaparición de la joven tucumana.
En su testimonio, María Alejandra Huerta relató cómo era la vida en los
burdeles en los que estuvo y los sometimientos que debió padecer.
21/03/12 - 07:53
Golpes, palizas, privación de la libertad. Violaciones
permanentes del "fiolo", mal llamado "marido". Amenazas.
Hambre. Ser sometida hasta por 25 hombres por noche, para que los proxenetas se
llevaran hasta el último centavo. Por primera vez en el juicio por la
desaparición de Marita Verón, una mujer contó ayer sus propios padecimientos en
los prostíbulos de La Rioja regenteados por varios de los imputados, y su
relato pudo haber sido el de Marita, o el de otras cientos de mujeres a quienes
conoció, incluso de otros países.
En la segunda parte de su declaración, durante la tarde de
ayer, María Alejandra Huerta (32) fue tomando confianza y reveló más detalles
del modus operandi en los burdeles Candilejas, Candy y El Desafío, que eran
propiedad de tres de los acusados en este juicio: Lidia "Liliana"
Medina y sus hijos Gonzalo y Fernando "El Chenga" Gómez. Sentados en
el primer banco antes reservado a la prensa -por orden del tribunal, debido a
burlas a testigos anteriores-, los tres volvieron a reírse del calvario narrado
por Huerta.
Mujer, marido, whiskería, pase, cliente, plaza, plaza
adentro, fueron algunos de los eufemismos nombrados por la mujer, que utiliza
el ambiente prostibulario para ocultar delitos. Y, a excepción de los abogados
de la querella y de la acción civil -José D'Antona y Carlos Garmendia-, ninguno
de los letrados se atrevió a llamar las cosas por su nombre; ni siquiera los
jueces ni los fiscales.
Con esas palabras camufladas, Huerta relató que en 1998, a
los 18 años (entonces menor de edad), la imputada Daniela Milhein la llevó al
Candilejas, un prostíbulo grande, con muchas habitaciones, que describió en
detalle. "Siempre se manejaban con códigos; supuestamente Daniela
(Milhein) rompió uno de los códigos, y nos echaron del boliche, sin pagarnos
nada".
Detalló algunos de esos "códigos": "Si le
miraban la cara a los empleados, ya era una multa. Si tardabas más de 5 minutos
con un cliente sin que pagara una copa... te cortaban la plaza y no pagaban lo
que nosotros habíamos hecho".
Sin embargo, ese mismo año Huerta volvió a La Rioja, aunque
no contó en qué condiciones. Al poco tiempo la pusieron "plaza
adentro". "Vivir adentro del boliche -explicó-. Ellos me pidieron que
me quede plaza adentro, a terminar de cubrir la plaza (temporada de unos 30
días) porque habían pagado a Tucumán" por ella. No hubo preguntas para
poder precisar si había sido traficada.
La muchacha comenzó a ser insultada y maltratada, también
psicológicamente. Después, las agresiones fueron físicas. Comenzaron a pasarla
de un prostíbulo a otro, y finalmente la encerraron en el Candy.
Presenció también el maltrato hacia otras chicas
prostituidas. "Yanina, se hacía llamar; es de Misiones. Un día, en el
Candy, había que hacer una cantidad de dinero a determinada hora, no sé si 100
o 200 pesos, que era mucho en esa época; si no, nos sacaban de los pelos,
golpeándonos. Yo estaba con un 'cliente' y vi que la sacaban de los pelos,
golpeándola. Como cuando me agredieron a mí, que salía a trabajar igual, con
moretones".
"Fernando Gómez también me pegaba -agregó-. Después
pasé a ser la mujer de él, del Chenga". Lejos de ser un privilegio,
"era peor, porque las otras mujeres 'trabajaban' con sus respectivos
'maridos' -refiriéndose a sus proxenetas-, y si tenían algún problema, lo resolvían
con sus maridos".
De todas maneras, muchas otras jóvenes estaban, como ella,
prisioneras. "Todas las mujeres, porque tenían la orden de los 'maridos'
de no dejarlos, y ellas hacían lo que les decían sus 'maridos'. Tenían
prohibido cruzar la vereda. Y si nos dejaban la puerta abierta para ir a tomar
mate, siempre había custodia, gente armada; había muchos hombres armados".
Huerta contó que su madre -una mujer joven, quien declarará
hoy- "hizo una estratagema para poder sacarme. Fue hasta la casa de 'Liliana'
Medina y Fernando Gómez; me fue a buscar a El Desafío, donde estaba yo
encerrada". María Juárez había llegado en el auto de un hermano e
inventado que su madre estaba muriéndose y había pedido ver a Alejandra por
última vez. "Mi mamá lloraba, porque mi abuela es como mi madre: ella me
crió. Me puse de rodillas y le dije a Fernando Gómez: 'Yo vuelvo, como esa vez
que me mandaste. Voy por un día y vuelvo. Me voy con lo puesto'. A mis
espaldas, 'Liliana' Medina le decía: 'Dejala, no es tuya; es de la madre porque
es menor de edad, dando a entender algo así como 'Ya vamos a buscarla'".
"Subimos al auto de mi tío, y mi mamá me dijo que era
mentira lo de mi abuela, que lo había hecho para rescatarme. Mi mamá me empezó
a levantar la remera y vio que estaba toda morada, con ojeras... muy
delgada...", relató Huerta y se largó a llorar.
Una y otra vez, la joven terminó cayendo en La Rioja.
"En una de las veces que yo me escapé, mi mamá me buscó por la Fundación
Pibes, y Fernando me dice: 'Viajá a Tucumán a arreglar las cosas con tu mamá.
Me dio 200 pesos, dejé el bolso y fui con dos mudas" (de ropa). Le dije a
mi mamá que yo me había enamorado en La Rioja, para que me deje volver. Era
mentira, porque estaba amenazada por Fernando Gómez".
¿Cuánto dinero les hizo ganar a los proxenetas?
"Teníamos que ir a pedir las copas a la barra con el dinero en la mano. Y
cuando hacíamos un 'pase' (que un hombre tuviera sexo con ellas), en una punta
del pasillo donde estaban las habitaciones había una mesa, y alguien iba
cobrando los 'pases'. Los días de semana, teníamos que hacer lo mínimo 200
pesos, y los fines de semana, 300 (en 1998). A veces no calculaba, porque ese
dinero no era para mí. Llegábamos a hacer muchísimos 'pases': 15, 20, hasta 25
o 30".
Finalmente, Huerta logró no volver más a La Rioja, pero
continuó siendo una mujer prostituida. Varias veces viajó con su amiga Laura
del Valle Cejas a Río Gallegos, al barrio prostibulario Las Casitas, y tuvo que
pagarle comisión a Milhein por "el contacto" con una tal Marisa,
dueña del burdel Los Cuatro Ases, según contó. En 2002, Milhein, una hermana y
dos hermanos les exigieron aún más dinero, y al negarse ellas, fueron agredidas
y Cejas incluso secuestrada, aunque logró escaparse. Esto motivó una denuncia
penal, que nunca fue investigada. Milhein quedó muy mal parada, ya que la
testigo dijo más de una vez que cobraba comisiones por enviar chicas a Río
Gallegos, a veces menores de edad; chicas que con frecuencia veía antes en su
casa, durante unos días.
Huerta estuvo en Río Gallegos hasta 2004, ya sin pagar otra
comisión que a la dueña del prostíbulo, y luego fue a otro burdel del centro
turístico internacional El Calafate. En ambos lugares, dijo, "tenía mi
libreta sanitaria, se hacían controles, y veían si había menores de edad".
Ninguno de los abogados presentes observó que Santa Cruz viola ostensible y
oficialmente la ley 12.331, que desde 1937 prohíbe los prostíbulos y la
explotación sexual.

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