– 05/03/2012
Si este es el Estado, ¿el Estado dónde está? Quizá podría
ser una de las preguntas que podríamos hacernos después de comprobar cómo un
Estado que, entre otras cosas, está para garantizar la seguridad de los
ciudadanos, no se sabe finalmente dónde estuvo para evitar que los trenes se
terminaran transformando en una trampa como la que fue la estación Once, con 51
muertos y 700 heridos.
Para una socióloga como Maristella Svampa, que es toda una
experta en hacer trizas el relato oficial del planeta K, la explicación es
sencilla, pero desoladora. No se trató de un accidente, dijo a Enfoques, sino
de “una suerte de crimen social anunciado”, donde, “más allá de las
preocupaciones del kirchnerismo por fortalecer el Estado, lo que vemos es la
consolidación de una matriz criminal en la cual corrupción y precariedad van
juntas”.
Esta intelectual de izquierda, integrante de Plataforma
2012, al que algunos caracterizan como la contracara de la oficialista Carta
Abierta, destacó que en estos ocho años de kirchnerismo hubo “continuidades y
rupturas respecto del modelo de los años noventa”, pero advirtió que “eso no
significa que haya habido un demantelamiento de las bases neoliberales en
sectores clave”.
De allí que, sostuvo, el problema candente es la continuidad
de una trama en la que, a partir de la asociación entre el Estado y sectores
empresariales y sindicales, “coinciden las políticas de subsidios y de
tercerización, la falta de controles y la ausencia de soluciones a mediano y
largo plazo”, en un escenario “potenciado por la corrupción” y que ayuda al
concepto de que “las vidas son cuerpos sacrificables”.
Algunos analistas políticos estarían de acuerdo con esta
visión que establece lazos de continuidad de los demonizados años noventa con
este 2012. Basta recorrer las páginas de los diarios de estos días para
recordar que, por ejemplo, algunos personajes rutilantes del menemismo en el
sector ferroviario sobreviven y fueron captados para sumarse al dispositivo de
poder kirchnerista, desde empresarios como los hermanos Cirigliano hasta un
sindicalista como José Pedraza o incluso Raúl Baridó, el flamante interventor
en TBA.
“Más allá de que en ciertos ámbitos el Estado asumió una
función más reguladora -concluyó Svampa-, no hay voluntad política de repensar
estratégicamente un Estado posneoliberal.”
Esta licenciada en filosofía por la Universidad Nacional de
Córdoba y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias
Sociales (Ehess) de París, actualmente es investigadora del Conicet (Centro
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), y desde 2010, profesora
titular de la Universidad Nacional de La Plata.
Ha escrito libros como Entre la ruta y el barrio. La
experiencia de las organizaciones piqueteras , La Plaza Vacía. Las
transformaciones del peronismo , y El dilema argentino: civilización o barbarie
, entre otros, además de una novela, Los reinos perdidos (en 2005), rubro en el
que se apresta a reincidir con su nueva obra, Donde están enterrados nuestros
muertos , que se editará el mes próximo y en la que, a partir de una historia
ambientada en la Patagonia, unifica la literatura con su experiencia como
investigadora social.
-Una de las tantas lecturas que surge de la tragedia de Once
es la que pone en duda que el kirchnerismo haya revitalizado en serio el
Estado. Hay quienes creen que la precariedad estatal es una de las
explicaciones que hicieron altamente posible este accidente.
-La dinámica de la precariedad, en varios aspectos, se ha
profundizado también en los años del kirchnerismo. La precariedad como forma
social instalada a partir de los años noventa, muy asociada al neoliberalismo,
a lo que son los aumentos de los riesgos laborales, las grandes ganancias
empresariales, el deterioro de las condiciones de vida, de trabajo, todo esto se
instaló y, de alguna manera, se naturalizó en aquella época. En el kirchnerismo
también existen elementos de esa precariedad que no han sido desarticulados
sino, más bien, acentuados. Mas allá de que en ciertos ámbitos el Estado asumió
una función más reguladora, no hay voluntad política de repensar
estratégicamente un Estado posneoliberal. Y hay aspectos de la precariedad que
han sido potenciados por la corrupción y que hacen que se manifieste en hechos
criminales. Cromagnon fue uno de esos hechos, pero en los últimos años lo hemos
visto claramente en relación a los servicios públicos, como el caso del
transporte ferroviario. Y ahí lo preocupante es que, más allá de las
preocupaciones del kirchnerismo por fortalecer el Estado, vemos la
consolidación de una matriz criminal en la cual corrupción y precariedad van
juntas. Lo que hoy ha sucedido desnuda al Gobierno: muestra la continuidad de
una asociación con sectores privados y sectores del sindicalismo empresarial
que explican una trama tan oscura como la de este accidente que no es tal,
porque podría haber sido evitado, y que se convierte en una suerte de crimen
social anunciado, una frase que no es mía sino de un texto de Plataforma 2012
que estamos elaborando.
-Aun así, ¿no le parece demasiado hablar de “una matriz
criminal”?
-La precariedad es algo extendido en el mundo contemporáneo.
Se habla de vidas precarias marcadas por la incertidumbre y el riesgo. Es uno
de los temas propios de la sociología y la filosofía. Lo que pasa es que acá
tenemos una precariedad potenciada por la corrupción y es allí cuando aparece
la configuración de una matriz criminal que se expresa en estos hechos, en los
cuales coinciden políticas de subsidios, terciarización, falta de controles del
Estado, falta de soluciones a mediano y a largo plazo. Incluso iría más lejos:
este escenario, en donde la precariedad aparece potenciada por la corrupción,
va conformando el concepto de las vidas como cuerpos sacrificables. Reflexioné
lo mismo con respecto a Cromagnon, que afectó a los jóvenes sin un lugar en la
sociedad. Y en lo que sucedió en Once son las clases trabajadoras que no tienen
otra posibilidad que la de tomar ese tren en mal estado, arriesgando la vida.
No me parece exagerado hablar de un hecho criminal: las vidas aparecen como sacrificables
en aras de obtener una mayor ganancia. Y los territorios aparecen sacrificables
también en aras de que el capital obtenga una ganancia mayor en la extracción
de los recursos naturales, como en los proyectos de megaminería.
-El Estado se ha revalorizado aquí de la misma forma en que
está sucediendo en todo el mundo, crisis financiera mediante. Quizá el problema
es qué tipo de Estado tenemos, por qué está teñido por el corto plazo. No es
casual que no haya inversiones en el sector ferroviario, pero tampoco en el
área energética y otros sectores decisivos.
-Si uno analiza el kirchnerismo en sus ocho años de
gobierno, hay continuidades y rupturas con lo sucedido en los noventa. Hubo una
revalorización del Estado, no podría negarse. De hecho, por ejemplo, uno señala
la persistencia de la precariedad como matriz de las relaciones laborales, pero
no puede dejar de lado el hecho de que este gobierno ha revalorizado las
convenciones colectivas como instituto laboral. Pero hay otros elementos
estructurales del modelo de los 90 que se han continuado y profundizado. Hay,
por lo menos, dos tendencias que marcan esa continuidad estructural: por un
lado, la persistencia de la precariedad como forma social, que se expresa a
través de estos hechos criminales y que dan cuenta de esta asociación del
Estado con las corporaciones y los sectores privados. Y, por otro lado, está
toda la dinámica ligada a la expropiación de territorios, de bienes comunes, de
los cuales la megaminería a cielo abierto, la expansión de las fronteras
sojeras y el acaparamiento de tierras forman también parte de una misma matriz.
Y esos son elementos nodales del kirchnerismo. No hay que ver al kirchnerismo
con un solo ojo, pero tampoco podemos hacer el mero elogio de aquello que ha
sido positivo en su gestión y deslindar responsabilidades sobre aquellos
elementos estructurales en los cuales el kirchnerismo tiene responsabilidades
claras. Esas continuidades no son asignaturas pendientes. No están en la agenda
del Gobierno. Son elementos nodales de la propia política kirchnerista.
-Si el relato oficial parece resquebrajarse luego de la
tragedia de Once, ¿qué otros aspectos podrían entrar en crisis similares?
-Ha habido golpes fuertes en lo que va de este año. Es
curioso cuando uno piensa que este gobierno fue avalado por el 54% de los votos
y se ha empezado a resquebrajar y mostrar estos aspectos que parecían ocultos.
Un elemento fundamental es recordar que durante el último año y medio murieron
15 personas en situaciones de represión. Muchas de ellas habían tenido que ver
con la precariedad laboral, como el caso del ferroviario Mariano Ferreyra, y
muchas otras con la política de acaparamiento de tierras, los problemas cada
vez más estructurales de acceso a la tierra y la vivienda. Existe un desfase
entre un discurso que pone el acento en la defensa de los derechos humanos y
una política no represiva y, por otro lado, un escenario en el cual la
represión se va endureciendo y de la cual no podemos responsabilizar solamente
a los gobiernos provinciales. Hay una estructura de alianzas entre estos
gobiernos provinciales y el gobierno nacional. Luego, la sanción de la ley
antiterrorista produjo más conmoción, aun dentro de sectores del oficialismo
que no la aprobaron. Y en enero de este año, la cuestión de la megaminería,
convertida en una causa nacional, un tema que desnudó aristas claves del modelo
en el cual el Gobierno no tiene un relato progresista ni un discurso nacional y
popular. Con respecto a la megaminería, por ejemplo, han tratado de reducir la
discusión a si la mina Bajo La Alumbrera contamina o no, si usa cianuro o no,
cuando en realidad se trata de un debate que tiene aristas no sólo técnicas y
económicas, sino sociales y, sobre todo, políticas. Tiene que ver con el modelo
de democracia y de desarrollo que se está pensando para la sociedad argentina.
Y que puso en evidencia esta faz oscura del modelo porque, desde el discurso
nacional y popular, resulta impensable justificar la alianza con las
corporaciones trasnacionales.
-Quizá sea difícil cuestionar el componente “nacional y
popular” del Gobierno cuando la Presidenta fue votada por el 54 por ciento de
la sociedad. Este enorme poder que tiene se lo dio la mayoría hace pocos meses.
Y parece difícil hoy, sobre todo por los problemas que hay en las filas
opositoras, que no prosperen los intentos de impulsar la reelección.
- Legitimidad electoral no es lo mismo que licencia social.
Eso no le da carta blanca para hacer lo que quiere. Hay otros poderes y,
además, hay una sociedad movilizada que busca apoderamiento, y que, además,
exige abrir otros mecanismos de participación democrática, algo que no se ha
dado en la Argentina. En Bolivia, Ecuador o aun Venezuela, con todo lo
controvertidos que puedan ser algunos casos, las reformas constitucionales se
encaminaron hacia la democratización de la sociedad y a la incorporación de
nuevos mecanismos de participación. En la Argentina todo se inserta en el
legado peronista, que tiene que ver con la concentración del poder, con el
verticalismo. Cuando se habla de reforma de la Constitución, acá no se está
pensando en mecanismos de democratización sino sólo en la reelección del líder.
Pero con este tema de la reelección están tocando un límite. Aun un poder
legitimado con el 54% de los votos tiene límites. Más allá que desde el propio
kirchnerismo esto sea tomado como una licencia social, los límites los pone la
sociedad. Y en el caso de la reelección, el kirchnerismo está jugando con los
límites de la sociedad.
-Usted integra Plataforma 2012, junto con muchos
intelectuales de izquierda que se oponen al Gobierno. ¿Es realmente la
contracara de Carta Abierta?
-No lo caracterizamos así. No es nuestra intención entablar
un debate entre intelectuales: sería muy aburrido y endogámico; y, en todo
caso, es algo que se viene dando también. Plataforma surge con la idea de
articular esas voces que estaban dispersas, que a lo largo de todos estos años
han señalado críticas fuertes al Gobierno y que han sido silenciadas o tuvieron
muy poco espacio dentro de esta matriz para la que todo es “pro-K” o “anti-K”,
instalada desde los medios. No hay que caer en esa trampa de que todo aquel que
le hace críticas al Gobierno le hace el juego a la derecha. El intelectual debe
definerse lejos del poder político, económico, mediático. Tiene que molestar. Y
hay intelectuales que apoyan a este gobierno y que están lejos de molestar al
poder y que, sobre todo, siguen la agenda que diseña el Gobierno. Ese es un
problema. Una de las funciones del intelectual crítico y propositivo es la de
instalar una agenda. De todas formas, dentro del aparato cultural kirchnerista,
es desde el lado del periodismo donde hay mucho más alineamiento y dificultad
para leer las críticas desde la tolerancia. Ciertos programas televisivos del
oficialismo o ciertas plumas le están haciendo mucho daño al kirchnerismo
porque desarrollan una política de linchamiento al que piensa diferente.
-Después no se queje si a usted la acusan de destituyente…
(risas).
-La poderosa maquinaria cultural del Gobierno hizo que
muchos sectores fueran descalificados. A los sectores oficialistas les irrita
mucho, por ejemplo, que uno diga que al kirchnerismo hay que juzgarlo como todo
un proceso, con sus continuidades y con sus rupturas. El kirchnerismo no es
sólo progresismo. Es una estructura de alianzas con los poderes provinciales
conservadores, autoritarios, con lo peor del sindicalismo, con los barones del
conurbano bonaerense. Sin embargo, hay sectores del kirchnerismo que buscan
reducir al kirchnerismo a una sola imagen, que es la de Néstor Kirchner
ordenándole al jefe del Ejército bajar el cuadro de Videla. Eso es lo que
alienta el discurso épico del Gobierno. Pero, ¿qué hay de la foto de Cristina
Kirchner con la Barrick Gold? ¿O con la foto de Cristina, en Ledesma, con los
Blaquier? ¿O con un sindicalista como Pedraza? ¿Esas no son también fotos que
ilustran lo que es el kirchnerismo en el poder? En el caso de que uno quiera
sintetizar al kirchnerismo, no puede hacerlo con una sola foto. Hay que ver
todo el proceso, o el conjunto de procesos, y allí tenemos muchas fotos que
hablan también de los elementos nodales que son sumamente cuestionables en el
kirchnerismo.
MANO A MANO
Estuvo todo el año 2009 sin hablar con los medios, en
disconformidad con esa dicotomía “kirchnerismo-antikirchnerismo” que
inmediatamente la ubicaba en una trinchera. Y, por lo visto, cuando decidió
romper el silencio, lo hizo de una manera ruidosa. Pero con argumentaciones. Se
podrá estar de acuerdo, o no, con la visión de Maristella Svampa, pero no hay
que dudar de su honestidad intelectual y de su coherencia. Nunca fue
kirchnerista, y se nota. Pero no hay en esta socióloga, a la que se le nota la
veta docente, ningún rastro de fanatismo. Svampa pone el dedo en la llaga del
supuesto progresismo del modelo K y causa estragos. Habla de cómo el
kirchnerismo gobierna como el más clásico de los peronismos, aliado a los
poderes políticos y económicos tradicionales, y, sobre todo, pone la lupa en
los efectos de algunas políticas en la gente. Me sacudió esa idea de los
“cuerpos sacrificables” que deriva de una trama que suma precariedad y
corrupción. Y me atrajo esa condición de intelectual que sale de los límites de
su computadora para mezclarse con la realidad, con la vida cotidiana, las
personas comunes. Muchas de sus reflexiones me parecieron provocadoras,
incitadoras de debates, detonadoras de cuestionamientos internos. Es como ella
dice: el intelectual debe molestar. Y entiendo que alguien como Svampa lleve
esa condición con orgullo. Mucho más entiendo que para el mundo K, encerrado en
su poder autista y confortable, esa molestia sea una pesadilla.
Fuente:
http://www.lanacion.com.ar/1453316-se-revitalizo-el-estado-pero-se-consolido-una-matriz-criminal
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