Por: Martín Caparrós | 31 de mayo de 2012
Seré breve: Lanata fundó y dirigió Página/12. Otra vez:
Lanata fundó y dirigió Página/12, y parece un chiste que yo esté escribiendo
esta frase. Es público y notorio y comprobable que Jorge Lanata imaginó y fundó
Página/12 en los primeros meses de 1987, que le inventó el estilo, que lo
dirigió durante varios años y que convocó a los mejores periodistas que pudo
convencer, que también contribuyeron a formarlo.
Digo: Lanata fundó y dirigió Página/12, y parece chiste que
yo esté escribiendo esta frase –o que esta frase deba ser escrita– pero ese
diario acaba de cumplir 25 años y lo celebró con un número especial que incluía
a la mayoría de sus plumas actuales y ninguna –ninguna– de ellas hizo la menor
referencia a Jorge Lanata: lo desaparecieron de su historia. Como si el diario hubiera
salido solo, por generación espontánea, sin director, sin creador. O como si lo
hubiera hecho un ente anónimo, secreto, clandestino. Va de nuevo: un suplemento
de 40 páginas donde los periodistas y editores de un diario cuentan los
principios de ese diario pero no nombran a su fundador y primer director. Lo
callan, lo niegan. Y dicen que son periodistas. Todo terminó ayer miércoles
cuando la señora presidenta de los argentinos, la doctora Jorgelina Griñones de
Velotti, fue a una fiesta organizada para seguir celebrando tan magno evento y
peroró y tampoco lo nombró –“la verdad que no quiero olvidarme de nadie”, dijo,
y nada–, y otros peroraron y tampoco.
Nadie recordaría aquella foto de Lenin con Trotsky si Stalin
la hubiera hecho publicar con un epígrafe tipo "el exiliado León Trotsky
antes de traicionar a la revolución". Pero nos acordamos porque lo que
Stalin hizo fue borrar la imagen de Trotsky de la foto: borrarlo de la
historia. Por eso aquella foto fue un símbolo de un régimen siniestro. Más allá
de los personajes: los procedimientos.
Se pueden discutir lecturas de la historia, interpretaciones
de la historia, explicaciones de la historia. Pero no ciertos hechos precisos
de la historia. Cambiarlos no se llama discutir: se llama mentir. Y si se tiene
poder –el poder de reescribir esa historia desde un diario o un púlpito o un
trono–, se llama abuso de poder, autoritarismo, estalinismo, canallada.
No estoy hablando de Jorge Lanata. A veces acuerdo con él, a
veces no, es mi amigo, lo quiero, pero no es importante en este asunto. Y el
asunto tampoco: en última instancia, que Lanata haya fundado o no Página/12 no
es relevante. Es relevante –impresionante– que esas personas se ensucien así
por algo tan menor. Es relevante que unas personas se crean que pueden
falsificar gratis, y que ofrezcan con esto un ejemplo demasiado obvio de lo que
hacen tan a menudo, tantas veces.
Digo: estoy hablando de unos idiotas que se creen que los
demás somos tan idiotas como ellos y que pueden engañarnos con mentiras berretas.
Estoy hablando de una banda de mentirosos y mentirosas que se jactan de
respetar la Verdad y la Memoria y se cagan en cualquier verdad y cualquier
memoria que no les guste o no les sirva, y se creen que pueden inventar
cualquiera que sí, incluso cuando casi no importa –y más, por supuesto, cuando
sí.
Estoy hablando de personas penosas, peligrosas. Personas que
me están dando miedo. Por eso estoy hablando.

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