Las explicaciones de Mariano Sigman –director del
Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Facultad de Ciencias Exactas y
Naturales de la Universidad de Buenos Aires– en relación con la controvertida
divulgación de uno de sus trabajos podrían parecer del tipo “no aclares que
oscurece”. Sin embargo, esos párrafos con los que el investigador intenta
disculparse y separar sus intenciones del montaje mediático que le propinaron
en la revista Veintitrés son reveladores. Allí Sigman permite ver en claro lo
peor del asunto. No tanto el tamizado fatal de una edición oportunista, no
tanto comprobar que su trabajo era pasto para lo más berreta de la imaginería
mediática femenina, no tanto verificar a qué niveles de sofisticación puede
llegar el onanista vernáculo, sino demostrar cómo algunos supuestos sobre los
géneros encuentran nuevas maneras de justificarse y reproducirse. Es decir,
estamos acostumbrados a que los prejuicios campeen en la publicidad y en
algunas producciones televisivas. Sufrimos a diario el autoritarismo con el que
médicos y biólogos se empeñan en naturalizar sus opiniones. Ahora Sigman nos
demuestra que, como era de esperar, en la neurociencia los prejuicios no sólo
persisten, sino que se fortalecen bajo la pátina de una disciplina compleja y
vanguardista.
Es evidente que cualquier investigador medianamente enterado
de la cultura política que lo rodea sabrá andar con cuidado en el territorio de
los géneros. Colectivos de mujeres, travestis, gays y hasta hombres
heterosexuales comprometidos, han demostrado sus reflejos para denunciar el
prejuicio y la discriminación. Debe ser por eso que los autores enfatizan “que
la elección de este estudio de ninguna manera implica que estos dos rasgos sean
los más relevantes o especialmente distintivos de una mujer” y creen necesario
negar tres veces que la mujer sea la mirada del hombre sobre ella: “No pensamos
eso, no creemos eso, no pensamos que este estudio suponga eso de ninguna
manera”.
Sin embargo, la divulgación mediática en la revista
Veintitrés y en el programa televisivo CQC indica todo lo contrario; ambos se
solazaron en la objetualización corriente y la ilustración de las palabras del
investigador con culos y tetas de laboratorio, para después concluir con un
mensaje bienintencionado avalado por el propio Sigman: el indeseado imperio de
las cirugías sobre el cuerpo de las mujeres. Dejemos de lado la cobertura
mediática ya que es comprensible que la tentación de una entrevista televisiva
y las artes de la edición puedan jugarle una mala pasada al investigador. Pero
si nos atenemos al estudio en cuestión, nada puede excusar a quienes firman
(Bruno Dagnino, Joaquín Navajas y Mariano Sigman) de su ceguera y su falta de
inteligencia al momento de articular los interesantes despliegues de su
ciencia, con la vida social y política que palpita en objetos de estudio como
la percepción, la mirada, el lenguaje y la conciencia.
Contra los principios que el Pensamiento Científico del CBC
se encarga de transmitir a los novatos, Dagnino-Navajas-Sigman dicen extraer su
objeto de estudio de un extendido “debate folklórico”, en lugar de encarar un
trabajo crítico que les permitiera construirlo en tensión y no en acuerdo con
el sentido común de los géneros. Luego, utilizaron un diseño experimental que
reposa sobre una cantidad de preconceptos que no se despejan porque los
responsables digan que nada tienen que ver con su ciencia. Lo saben, pero lo
hacen; bajo el aval de una universidad pública, con el lustre de una disciplina
de cierta complejidad, con algo de escenografía tecnológica y con el aura de
quien se mete con los misterios del cerebro, el experimento los hace repetir como
loros de alta capacitación lo mismo que dice el término medio sexista: los
varones son quienes miran, las mujeres son el objeto mirado, sobre el recorte
de culos y tetas un hombre puede responder cuál es “la más bonita”, todos los
que se anuncian heterosexuales lo son, las mujeres se embellecen sólo para los
varones, los hombres responden al plano pornográfico al momento de evaluar un
cuerpo femenino, los cuerpos deseables son los que la publicidad y la cirugía
esculpen con photoshop y bisturí, etc.
Una vez obtenidos los resultados, estos investigadores que
parecen escapar al delantal blanco aunque no a los vicios del cientificismo,
arriban a una conclusión bastante pobre que generalizan sin pudor: el 60 por
ciento de los argentinos (el porteñismo, otro supuesto reinante en el estudio!)
son más culeros, para decirlo como los medios, o prefieren los glúteos, como
indica el comunicado explicativo, o gustan más de los female buttocks, para
decirlo en el idioma de los Archives of Sexual Behavior donde les publicaron su
hallazgo.
La única autocrítica que ofrecen es el haber utilizado un
lenguaje “chabacano”, sin notar o sin hacer el esfuerzo de pensar que en cada
palabra se desnuda su propia percepción, las “prenociones” que los habitan, las
miradas que los definen. Dagnino-Navajas-Sigman terminan siendo el mejor objeto
de estudio de todo este embrollo. Y las conclusiones no son alentadoras.
Podríamos decir que, para no generalizar, algunos científicos de la Facultad de
Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires se animan a
afirmar sin pestañear que “esa preferencia que aquí cuantificamos emerge de una
compleja interacción de factores, la mayoría de ellos sociales. Nosotros no
festejamos ni alabamos esto, simplemente lo explicitamos”. Incluso sentencian:
“Decidir si corresponde dar crédito a este juicio trasciende el ejercicio de la
ciencia y se corresponde con creencias, filosofía, política”. He aquí lo más
alarmante: nuevas generaciones de científicos que gustan de bajar de sus torres
de marfil reproducen la vetusta idea de que la ciencia trasciende su condición
social, económica, histórica... política. Lo dicen como si eso los disculpara
en lugar de evidenciar su vergonzoso desconocimiento del abecé de la
epistemología crítica, para no hablar de las lecciones que dejó el siglo XX
toda vez que la ciencia se declaró pura, neutral u objetiva.
Es valorable que Sigman se disculpe pero, se podría
preguntar, ¿tanto ahondar en el complejo mundo neuronal, tanta neurociencia
para esto? Las ilusiones ópticas y los experimentos serán vistosos pero, al
menos en este caso, no hacen más que reforzar el imaginario que alimenta el
sexismo, la simplificación del deseo masculino y la violencia sobre las
mujeres. Y, tal como queríamos comprobar, de allí se sirven por igual los
editores efectistas, los noteros vivarachos y los científicos desprejuiciados.
l
* Investigadora del Conicet. Miembra del Grupo de Estudios
Feministas, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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