por Claudio Mardones /
La disputa por el metro cuadrado se repite desde Buenos
Aires al DF mexicano. De un lado se alistan eficaces “desarrolladores” que
pueden afeitar un monte tupido en cuestión de horas o levantar torres
imponentes en espacios ultra reducidos con rentabilidades extraordinarias. En
el otro extremo, contingentes de desplazados se infiltran con astucia en
metrópolis cada vez más blindadas y empiezan a perturbar los sueños
inmobiliarios.
Entre los pliegues del boom inmobiliario argentino se libra
un combate silencioso. Todos los días, en el campo y la ciudad, al compás de la
expansión de la frontera agrícola y de las ganancias que produce el monocultivo
de soja. Como resultado de este dinamismo económico, que algunos viven como
milagro y otros como pesadilla, las toneladas de granos exportados se
transforman en ladrillos y los antiguos terrenos ociosos adquieren un valor
inesperado que, curiosamente, siempre está en alza.
Pero los buenos negocios del “real estate” se tropiezan de
mala gana con quienes se quedan afuera de esa ecuación económica. Ellos son los
protagonistas de un cuerpo a cuerpo silencioso, y su primera línea es un
contrapunto febril de desalojos judiciales y ocupaciones de tierras que se
multiplican en todo el país, bajo la marcha de una locomotora de concreto que
avanza con la firmeza de las topadoras.
En esa geografía cambiante las estadísticas oficiales sólo
hablan de los ganadores y de sus récords históricos de rentabilidad que van a
parar a la construcción de nuevos edificios, con una recuperación del capital
que supera el 20% por emprendimiento, una tasa mucho más atractiva que el
interés de cualquier banco. Del otro lado, no existen datos precisos sobre los
contingentes de hombres, mujeres, ancianos y niños que, día tras día, deben
abandonar el techo o la tierra que habitaron, por la fuerza de un desalojo
compulsivo o por la sentencia de un magistrado que, en la mayoría de los casos,
jamás les notificó la existencia de un juicio en su contra.
El Partido Judicial
La tensión de la crisis habitacional no sólo recorre los
límites de barrios y comunidades, también se juega diariamente en los juzgados
civiles y comerciales, donde el sumidero de la ley consume miles de relatos
familiares atravesados por el trauma del desalojo. Sólo en la ciudad de Buenos
Aires, las atávicas estadísticas del Poder Judicial aportan un pantallazo del
pulso cotidiano de la batalla. En todo 2009 los desalojos y ejecuciones
hipotecarias en los fueros civiles y comerciales, sumadas a las causas por
usurpaciones ordenadas por la justicia penal porteña y federal, llegaron a los
6162 juicios. El dato revela que por día hábil (210 en un año), la maquinaria
judicial tramita casi cuarenta juicios de desalojo. La cifra no ha bajado desde
entonces, pero tampoco es la única. Ese mismo año, el Ministerio Público Fiscal
porteño, registró 1206 denuncias por usurpación de inmuebles en toda la ciudad,
con un promedio de tres ocupaciones diarias.
Pero la pulseada en el territorio judicial es insuficiente
para develar la magnitud del desplazamiento humano forzoso por disputas
inmobiliarias. Ninguna de las estadísticas habla de familias, sino de casos
abiertos, por una razón de peso: no hay datos sobre la cantidad de personas
desalojadas, aunque el Estado tiene la obligación de hacerlo para cumplir con
pactos internacionales. Esa carencia es, sin dudas, un buen negocio.
En abril de este año, cuando la Relatora Especial sobre
vivienda de las Naciones Unidas, Raquel Rolnik, llegó a Buenos Aires, recibió
un informe reservado con las últimas estadísticas disponibles sobre la
situación habitacional del país. Lo más actualizado y certero es de 2005,
cuando la subsecretaría de Tierras para el Hábitat Social de la Nación concluyó
que unas 13.600.000 personas tenían dificultades para acceder al suelo, y que
el 37% de ese conjunto, es decir, más de cinco millones de personas, tenían
“graves problemas dominiales, sin título de propiedad ni seguridad de tenencia
de sus viviendas o tierras”. Son los 5 millones que viven en asentamientos
irregulares de todo el país, especialmente, en las 850 villas del Conurbano
bonaerense y en las 47 de la Capital.
En esos barrios donde la Policía Federal, la Bonaerense, y
ahora Gendarmería y Prefectura, imponen el confinamiento a sus habitantes, se
perfila otro tipo de especulación inmobiliaria. Como en Villa Soldati, el
barrio del sur porteño con la tasa de hacinamiento más alta de la capital,
debido a la aglomeración de personas que habitan su territorio. Entre sus
calles y pasillos, como en los de Villa Lugano, Bajo Flores, 21-24 de Barracas
o 31 de Retiro, el alquiler de camas y piezas es el principal commodity del
“real estate” villero, alimentado por quienes necesitan un techo y no cumplen
con el rosario de requisitos que exigen las inmobiliarias para firmar un
contrato. Cientos de miles de inquilinos que, por enésima generación, caen en
la rueda del hacinamiento, una acumulación incesante que hizo trizas todas las
estadísticas y se hizo patente a la fuerza en diciembre de 2010, con la
ocupación del Parque Indoamericano, la toma masiva más grande de la historia de
la ciudad, que terminó con tres muertos y más de diez mil desplazados
encerrados en un cerco perimetral custodiado por la Gendarmería Nacional.
Aunque parezca mentira, el negocio inmobiliario también tuvo
una oferta para esa necesidad. La leyó a su conveniencia, como demanda, y
promovió la escrituración de lotes en las villas a la espera de que, en un
futuro cercano, la mano invisible deposite esos terrenos en sus manos. La
propuesta fue promocionada y defendida por el gobierno porteño de Mauricio
Macri y las consecuencias comenzaron a vivirse un mes después de la difusión de
la noticia, cuando la fiebre por conseguir terrenos desembocó en aquella
ocupación sin precedentes, que desnudó la gravedad de la emergencia
habitacional.
La crisis del Indoamericano forzó la creación del Ministerio
de Seguridad y la reforma más profunda que haya vivido la Policía Federal en
los últimos treinta años, pero no cambió las condiciones de supervivencia de
decenas de miles de náufragos habitacionales. El 90 por ciento de las 143.000
personas que viven en los casi cincuenta asentamientos informales porteños,
está en la zona sur de la ciudad.
Ecología del racismo
“Creo que hay un ciclo cumplido en las villas de la ciudad,
porque ya no pueden contener a más gente”, razona la antropóloga María Cristina
Cravino mientras analiza el significado de la ocupación. Trabaja como
investigadora docente del Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de
General Sarmiento, el organismo que en 2008 contabilizó 819 villas en los tres
cordones del Gran Buenos Aires. Cravino admite que ha visto cientos de
ocupaciones de tierras, pero ninguna como la del Indoamericano. “Hasta
entonces, nunca había pasado que una pequeña toma se transformara en una
ocupación con más de seis mil personas en pocas horas, y que hubieran tres
muertos”.
Pero para ella las situaciones de violencia en desalojos no
son nuevas y se han repetido mucho en los últimos años, desde la aparición de
las patotas de empleados públicos de la Unidad de Control del Espacio Público
(UCEP) del gobierno porteño, la repartición que, entre 2008 y 2009, hizo más de
10.000 procedimientos nocturnos para perseguir, golpear y expulsar a personas
en situación de calle. Tras esa huella, llegaron los desalojos promovidos a
pedido del Organismo Nacional Administrador de Bienes del Estado (ONABE),
responsable de un centenar de desalojos violentos en distintas zonas del área
metropolitana, ordenados por la Justicia Federal.
“Es cierto que antes hubo situaciones de desalojos con
violencia pero hasta el Indoamericano nunca hubo muertos. Yo no recuerdo un
muerto y nunca tuve registros de muertos por xenofobia, aunque sí hubo
situaciones de mucha violencia en la época de Jorge Domínguez”, dice la
investigadora, cuando recuerda al intendente porteño del menemismo que se hizo
famoso cuando quiso arrasar un sector de la villa 31 con topadoras, durante el
verano de 1996. En esos días calientes de enero, un centenar de habitantes del
barrio se hizo costra en su tierra para evitar la marcha de las maquinarias que
habían llegado para llevárselo todo. Hubo gritos, corridas, gases, golpes,
llantos y un cura rezando ante las topadoras, pero a diferencia de la crisis
del 2010, no hubo muertos.
Han pasado ocho meses desde que el Indoamericano se manchó
de sangre y ya son muy pocos los que se acuerdan del ciudadano paraguayo
Bernardo Salgueiro y de los bolivianos Rosemary Cupeña y Juan Castañeta Quispe.
Los dos primeros fueron asesinados por balas de la Policía Federal y el tercero
fue víctima de un crimen racista jamás esclarecido. “Es la primera vez que hay
un muerto por xenofobia en un desalojo violento. Eran grupos que estaban
amparados en el rechazo de los vecinos, pero que aprovecharon ese escudo”,
insiste Cravino. Para ella, esos crímenes son parte de una inflexión: “El
modelo villero está llegando a su fin, los barrios que antes no pudieron
expandirse para los costados crecieron hacia arriba, con pensiones y piezas de
alquiler. Ahora no hay más lugar y el hacinamiento es cada vez mayor”. Todo
parece indicar que los coletazos futuros de la pelea por el techo serán
imprevisibles.
El desalojo es prosperidad
El combate cotidiano por el techo transcurre en Buenos Aires
con las mismas características que en otros sitios de América Latina y su saldo
es igualmente negativo. Los escenarios más descarnados del desplazamiento
masivo son las ciudades que mas crecieron en los últimos diez años, como
Córdoba, Bariloche, Curitiba, Sao Pablo, Lima, Bogotá o el Distrito Federal de
México. “Los desalojos forzados no distinguen regiones en América Latina. Se
dan tanto en el ámbito urbano como en el rural, en los territorios de
comunidades étnicas y en las zonas de conflictos armados, en las ciudades
prósperas pero también en las áreas ambientalmente más degradadas”, analiza
Sebastián Tedeschi, especialista en derecho a la vivienda y secretario letrado
de la Defensoría General de la Nación. Antes de ocupar ese cargo trabajó en
Porto Alegre como Coordinador para América del Centro por el Derecho a la
Vivienda contra Desalojos (COHRE), una organización no gubernamental de alcance
internacional. Tedeschi ha recorrido casi todas las metrópolis latinoamericanas
y ha podido apreciar, en vivo, cómo se repiten las mismas prácticas: “Los
procedimientos de desalojo se hacen sin consultar a las personas afectadas, que
no tienen los medios adecuados para su defensa. En muchas ocasiones los desalojos
son precedidos por hostigamiento y amenazas y luego son acompañados por la
represión. Se han cobrado miles de víctimas, algunas de ellas con pérdida de
vidas humanas”.
¿Qué ocurrió en Argentina para que los desalojos se
transformen en una práctica habitual e inadvertida? Menem lo hizo. A partir de
1995, camino a su reelección, el entonces presidente promovió la sanción en el
Congreso de dos reformas al Código Procesal Civil y Comercial. En ambos casos
introdujo un recurso que viola el derecho a defensa: el desalojo anticipado por
“intrusión”, sin sentencia previa, y la ejecución especial de hipotecas que
permite que el acreedor ordene el desalojo y efectúe el remate para cobrar su
deuda sin necesidad de intervención judicial. Dichas reformas llevan dieciséis
años de aplicación, marcan el ritmo de las expulsiones habitacionales y son la
columna vertebral de la maquinaria judicial de desalojos en todo el país. Pero
en Buenos Aires, desde la crisis de 2001, la ley tiene otro conjuro para las
ocupaciones. En casos de “usurpación”, el nuevo Código Procesal Penal porteño
también permite la “restitución” del inmueble “aún sin elevación a juicio”, un
recurso legal que le ha permitido al gobierno porteño impulsar todo tipo de
desalojos en los últimos cuatro años.
Aún así, sólo en territorio porteño hay más de 170 mil
viviendas ocupadas. A pesar del cerrojo judicial para obtener expulsiones
rápidas y de la violenta predisposición policial, la geografía de los
resistentes es considerable. Según el documento antes mencionado que recibió la
relatora para la Vivienda de la ONU, la disputa por el territorio “se ha
resentido en Argentina durante los últimos cinco años y sus causas pueden
encontrarse, tras la recuperación económica, en el acelerado aumento de los inmuebles
en los grandes centros urbanos, y la expansión de la frontera agrícola en las
áreas rurales, especialmente la del monocultivo de soja. Este proceso, en los
últimos tres años, tuvo un aumento del 30% promedio anual”.
El conflicto, para Tedeschi, tiene raíces ancestrales: “Los
campesinos e indígenas viven asediados en sus espacios rurales por la amenaza
de desplazamiento de los proyectos de desarrollo y el avance de los agro
negocios sobre sus tierras. Los pobres urbanos son, en su mayoría, primera, segunda
o tercera generación de poblaciones campesinas, indígenas o afro, desplazadas
del espacio rural durante el siglo XX. El derrotero de una típica familia que
vive en un asentamiento informal en las grandes metrópolis latinoamericanas,
encontrará sus raíces en campesinos e indígenas que no accedieron a la
seguridad jurídica sobre la tierra, o que aún teniendo pequeñas propiedades, su
economía no resistió los embates del latifundio o la tecnificación del campo y
el agro negocio”.
Esa misma genealogía se encuentra en cada rincón de las
periferias urbanas de nuestro país y en algunos casos, también en sus costas.
En la ribera del Río de la Plata, sobre la costanera sur, la villa Rodrigo
Bueno es una de las muestras de resistencia que encontraron los miembros de la
misión de la ONU. El barrio alberga a 400 familias provenientes del interior de
la Argentina, así como de Paraguay y Perú, y está ubicado a pocas cuadras del
lujoso sector de Puerto Madero, donde el metro cuadrado supera los cinco mil
dólares y la mitad de sus departamentos están vacíos. Este año un juez ordenó
su urbanización y reconoció que se trata de un asentamiento con 30 años de
antigüedad, mientras el holding IRSA hace lo imposible para sacarlos de las
cercanías de la ex ciudad deportiva de Boca Juniors, donde proyectaba instalar
el primer barrio privado de la capital originalmente bautizado como Santa María
del Buen Ayre.
Ciudades border
“Para vivir en las ciudades o al menos cerca de ellas, los
pobres buscan asentarse en la orilla de los ríos, o sobre basureros. Cuando
estas personas se asientan, el poder público tolera esta situación, pero una
vez que se demuestra que el área puede ser saneada y existe interés, utilizan
el cuidado de la salud de los habitantes del barrio informal como una excusa
para relocalizarlos”. El concepto pertenece a Tedeschi, y se ajusta a las
características del Camino de Sirga del Riachuelo, uno de los escenarios
habitacionales más degradados en la actualidad.
Sobre esa costa, que bordea al cauce de agua más contaminado
del país, viven 2424 grupos familiares en condiciones de extrema pobreza. En
2008, la Corte Suprema de Justicia ordenó el saneamiento de ese curso de agua
tóxica y dispuso la reubicación de las personas que habitan sobre su ribera. La
medida abrió la puerta a un negocio ambiental cercano a los 900 millones de
pesos y, a pesar de la decisión de la Corte, el juez de Quilmes Luis Armella,
ordenó nueve desalojos compulsivos antes de exigir un plan habitacional para
los afectados.
Pero no hay norma que frene el cauce febril de los
desplazamientos, ni ley que regule los negocios de una casta inmobiliaria
integrada por una gran cantidad de pequeños y medianos constructores de dos y
tres edificios, frente al poderoso puñado de grandes desarrolladores que miran
ahora la zona sur de la ciudad como el lugar ideal para impulsar proyectos
antes de desembarcar en el conurbano. Unos y otros saben que el esplendor de
Puerto Madero es historia pasada: ya no quedó un solo terreno para comprar y el
único negocio consiste en adquirir departamentos vacíos a la espera de que su
precio siga escalando. Por eso los dueños de la pelota sueñan con levantar
torres de 20 pisos para ofrecer un rendimiento que permita seguir recibiendo a
los inversores sojeros. A cualquier precio.
Fuente: http://www.revistacrisis.com.ar/el-Indoamericano-en-el-horizonte.html

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