Pronunciamiento de PLATAFORMA 2012
Desde Plataforma 2012 estamos convencidos de que existen las
bases sociales necesarias para forjar un acuerdo amplísimo en favor de una
reforma judicial: una reforma que comprenda a la justicia en sus bases, en sus
estructuras, en su sustancia y en su forma. Sin embargo, la reforma judicial
que busca imponer el gobierno presenta graves defectos tanto de fondo o sustancia, como de forma. Entre sus
defectos de fondo se destaca que dicha reforma contradice los intereses de los
sectores más desprotegidos de la sociedad. Entre sus defectos de forma, tal
como está planteada, la reforma representa un agravio en términos de
procedimiento democrático.
El sentido común exige que una reforma significativa de las
reglas que ordenan la vida pública sea debatida y acordada por el mayor número
posible de personas, y no por una élite o un sector político, con
desconocimiento o desprecio de lo que piense el resto. Por si la invocación al
sentido común no bastara, podría agregarse que nuestra Constitución exige
exactamente lo mismo (arts. 78, 83, 100 inc. 9 o 106): en el Congreso, las
leyes deben ser el resultado de la discusión y el acuerdo de los distintos
grupos, previo a cualquier votación. Una mera parodia de debate (a la que nos
tiene habituados el gobierno actual, a través de situaciones en donde la
oposición se queja y el oficialismo sólo espera su tiempo para imponer en la
votación su voluntad, sin modificaciones), no representa sólo una falta de
respeto a los que piensan diferente: representa una violación de la Constitución,
que merece ser reconocida y sancionada como tal, esto es, con la declaración de
inconstitucionalidad del acto.
Empecemos por lo que la reforma propone respecto de las
medidas cautelares. Las cautelares nacieron para favorecer a los ciudadanos más
débiles frente al poder estatal. Por esa razón las dictaduras fueron hostiles a
ellas. Por eso Domingo Cavallo se sintió molesto con ellas. Por eso el macrismo
tiene -e impulsa- un proyecto similar en la Legislatura porteña. Por eso,
durante los `90 los sindicatos recurrieron habitualmente a ellas para frenar
las políticas de flexibilidad laboral. Por eso, en la crisis de 2001-2002 los
jubilados, los trabajadores y las clases medias en general, recurrieron también
a ellas para evitar que el Estado les arrebatara sin justificación sus ahorros.
Por eso, en la actualidad, las comunidades indígenas, las asambleas ciudadanas
y las organizaciones sociales y ambientales recurren a ellas, para lograr
frenar el despojo y destrucción de sus territorios, el peligro de la
contaminación, así como para demandar el acceso a la vivienda, entre tantos
otros Derechos Humanos vulnerados.
De ningún modo los abusos que algunos jueces pueden cometer
con las cautelares (abusos como los que pueden cometer con cualquier instrumento
que tienen a su alcance) puede llevarnos a justificar la virtual anulación de
las mismas, que es lo que hoy se propone. No sólo porque ningún proceso puede
resolverse en 6 meses (3 meses en los amparos) sino, además, por el hecho de
imponer una caución real previa al dictado de la medida (sólo quienes tengan
dinero podrán tutelar sus derechos) y el efecto suspensivo de la apelación por
parte del Estado (es decir, que con sólo apelar se suspenden los efectos de la
medida cautelar). Mucho peor que ello, el proyecto presentado por el gobierno
alienta las cautelares que por otro lado combate, ya que el Estado podría
utilizarlas contra los trabajadores en huelga o contra militantes en acción de
protesta. Así sucede, conforme con lo establecido por el artículo 17 del
proyecto, que ninguna lectura progresista de la reforma puede dejar de
reconocer como inaceptable.
Sigamos entonces con otra de las reformas propuestas: la
creación de más instancias. ¿Cuál es la justificación de las mismas, en
términos democráticos y de justicia social? ¿Cuál es la justificación de las
mismas, cuando lo que se logra no es lo que precisamente se invoca -combatir a
la corporación judicial- sino aumentar su poder y su número? De este modo, la
reforma burocratiza aún más e innecesariamente, en lugar de democratizar, como
es debido, a la justicia.
Lo que está en juego resulta ser mucho más grave que lo
sugerido: para las clases trabajadoras, para los jubilados, para los
desprotegidos, esta medida no conlleva ningún beneficio. Por el contrario,
implica graves perjuicios: los juicios prometen prolongarse, cuando ni los
obreros ni los jubilados ni los miembros de una comunidad indígena están en
condiciones de iniciar y mantenerse en litigio (cuando han conseguido
iniciarlo) más que un breve tiempo. Cualquier promesa de tornar el proceso más
largo lo único que hace es aumentar, proporcionalmente, el poder de extorsión
de las clases dominantes que, por el contrario, sí puede soportar -cuando no
alientan directamente- la extensión de plazos y la no finalización de juicios
que puedan perjudicarlos. En esas condiciones, las clases dominantes pueden,
simplemente, forzar a los más débiles a resolver el conflicto a través de
arreglos extrajudiciales, objetivamente inconvenientes para los más desaventajados.
Por otro lado, tomemos el caso de la elección popular de los
miembros del Consejo de la Magistratura. En primer lugar, existe un acuerdo muy
extendido dentro de la comunidad jurídica (abarcando, notablemente, a sectores
afines al oficialismo) en que la elección propuesta entra en conflicto con el
texto de la Constitución y la intención de sus creadores. En segundo lugar,
debe decirse que, en el mejor de los casos, la reforma de la Magistratura se
propone “emparchar” una institución que funciona mal, y a través de modos que
no atacan la raíz de sus males. Pocos años atrás, el oficialismo nos quiso
convencer de que el Consejo de la Magistratura debía reducirse, porque el alto
número de sus miembros impedía su buen funcionamiento. Hoy, la reforma propuesta
casi duplica en número a sus integrantes, invocando los mismos argumentos de
eficiencia que antes se invocaban para reducirlo. En realidad, la reforma del
Consejo requeriría ir en dirección opuesta a la señalada: hay que facilitar el
funcionamiento del organismo, en lugar de aumentar su burocracia, y se debe
apuntar, en todo caso, al control popular del organismo, en lugar del control
partidario. La democratización de la justicia requiere mayor discusión pública
colectiva, sobre los asuntos públicos, y no mayor control de la mayoría en el
gobierno, sobre el órgano que debe controlarlo.
Finalmente, ¿en qué sentido la reforma propuesta se muestra
hostil con los intereses de los más pobres, de los desprotegidos, de los
marginados del modelo actual? Como es habitual en el oficialismo, la reforma se
monta sobre un discurso épico que se contradice con sus resultados timoratos,
antipopulares y favorables a las mismas corporaciones que dice atacar.
Desde Plataforma 2012 consideramos que cualquier proyecto sensato
de democratización de la justicia debería empezar por favorecer la llegada de
las clases populares, esto es, de los sectores desprotegidos de la sociedad, a
los tribunales. Ello, sobre todo, a la luz de tres cuestiones: i) la actual
situación de desigualdad que, virtualmente, imposibilita el acceso de los
sectores populares a la justicia; ii) los formalismos y barreras jurídicas que
hoy existen y que bloquean dicho acceso; y iii) la cantidad de soluciones
existentes, sencillas y conocidas en toda América latina, capaces de ayudar a
remediar el drama de la falta de acceso de los sectores populares a los
tribunales. Existen decenas de cambios al alcance y poco costosos, aplicados ya
exitosamente en América Latina: por ejemplo, bajar los costos del litigio;
hacer no-obligatoria la participación o contratación de abogados; eliminar
formalismos; ampliar la legitimación para litigar (facilitando que cualquiera
llegue a tribunales rápidamente y sin complejidades innecesarias); establecer
el juicio por jurados, proponer la creación de tribunales ambientales,
favorecer el litigio colectivo; priorizar la atención de los más pobres, los
más postergados. Pero, pudiendo hacerlo y existiendo cantidad de caminos
posibles para lograrlo (tómense los ejemplos de Colombia, Costa Rica, India,
Sudáfrica, entre otros, y mecanismos como los de la tutela; las acciones de
clase; la ampliación del standing; la “jurisdicción epistolar” impulsada en la
India), el gobierno se ha resistido a democratizar la justicia en su sentido más
obvio y elemental.
Ocurre en realidad que el oficialismo no quiere hacer estos
cambios. Y no se trata de que la reforma “es buena aunque no hace todo lo
posible, todo lo que nos gustaría que haga”. No. Se trata de que lo que hace,
lo hace mal y, en buena medida, en dirección contraria a la que debió haber
adoptado, si lo que le interesaba era servir a los más necesitados. Y para
ello, como ha sucedido en muchos otros casos, el oficialismo manipula y
bastardea los ideales que más nos movilizan o emocionan, los que más sentimos
como propios.
Una vez más estamos perdiendo una oportunidad importante
para realizar un cambio en favor de la democracia y la justicia social.
Plataforma 2012
Fuente: http://plataforma2012.org/?subscribe=success#blog_subscription-2

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