Artículo de Mariano Jegier, miembro de Abogados en Cooperativa.
DEL
DICHO AL HECHO
No se puede hablar
de aborto.
De todos modos se
estribilla e instala la declamación pública que lo nombra.
Por lo general, la
cuestión regresa a la playa del derecho arrojado por una marea trágica. Restos
de naufragios ocurridos en los bordes de lo legal.
Cada vez que se
instala la aparente discusión sobre el tratamiento legal del abortar irrumpen
posiciones irreductibles que niegan a la contraria derecho a la palabra.
Es lógico. Pro y
Anti abortistas argumentan desde órdenes normativos diferentes. Los unos desde
el derecho –general y obligatorio- y los otros desde la moral –particular y
disponible-.
Cuando eso pasa la
representación simula democracia con la aparición monológuica de las mismas
voces desinteresadas.
Ese desinterés no
proviene del altruismo ni de la apatía. Las voces alzadas en falsete son
desinteresadas porque sus balbuceos son puramente teóricos.
La única voz
interesada y autorizada para decir algo sobre la interrupción voluntaria del embarazo
es la silenciada opinión personal de la mujer gestante.
No es casual que
sea la voz no escuchada, la voz acallada, la voz enmudecida.
El poder es
masculino, patriarcal, macho. La palabra es potestad del poder. La mujer -que
es eso otro del poder- tiene negada la palabra.
Bien dicen que un
acto vale más que mil palabras. Si desde el poder se le niega el derecho de
decir la mujer desborda el cauce jurídico y vive en el mundo real. Y resulta
que el aborto es un dato de la realidad. Que las mujeres abortan.
Hablemos, pues, del
abortar.
DE PREFIJOS Y PREJUICIOS
Un prejuicio no es
otra cosa que una opinión inamovible y a priori sobre un asunto cualquiera. O
sea que se trata de un juicio previo y fijo.
Los prefijos son
partículas que al colocarse al frente de otra palabra le otorgan un sentido que
es un juicio de valor. O sea que se
trata de valoraciones que enjuician previamente.
Resulta que
llamados a tomar partido públicamente con relación a la interrupción voluntaria
del embarazo somos puestos ante la disyuntiva de ser PRO o ANTI abortistas.
Ser Pro sería decir
SI al aborto. Ser Anti es negarlo absoluta y rotundamente.
De todas formas,
los supuestos opuestos se parecen en los fines perseguidos. Pro y anti
abortistas defienden la vida. Aquellos los de la mujer gestante y estos los del
niño por nacer. Elegir entre una vida y otra vida está fuera de la competencia
humana. ¿Cuál es más importante? Ambas y ninguna.
Acto seguido dudo y digo. Los llamados
proabortistas no están a favor del aborto -como dicen sus contrarios- sino que
plantean la necesidad de legalizar la práctica.
Seamos sinceros, ¿puede alguien estar a
favor del aborto? O sea, ¿a qué dice que si el proabortista?
LA
UNICA VERDAD
La interrupción
voluntaria del embarazo es una intersección donde chocan argumentos de orden
legal, moral y político. Pero mientras en el parlamento y los medios se discute
sobre su conveniencia, moralidad y legalidad lo real es que el aborto es una
práctica ampliamente aceptada y socialmente extendida.
Digo que es ampliamente
aceptada por cuanto de su realización no resultan consecuencias sociales o
penales ni para los médicos ni para las mujeres. No hay escrache ni
señalamiento de la mujer abortante ni de las clínicas donde, se sabe, se
practican abortos. Todavía más, aun cuando permanece tipificada en el Código
Penal no se verifica persecución judicial ni condenas por la realización de
este tipo de intervenciones.
Sostengo que es una
práctica socialmente extendida pues se verifica por igual en mujeres de todas
las clases sociales.
Ahora bien lo que
hace que todavía sea una cuestión que esté en el horizonte del derecho es la
realidad de que no son las mismas las consecuencias que, de la realización de
un aborto o de su posibilidad, resultan para las mujeres de acuerdo a la
situación económica y social.
Cuando se trata de
mujeres con acceso al sistema privado de salud la práctica abortiva se lleva a
cabo en un marco adecuado de profesionalidad, asepsia, control y confort,
minimizando los riesgos para su vida y su salud, amén de respetarse sus
derechos sexuales y reproductivos por no sufrir intromisiones ni
cuestionamientos sobre la pertinencia y oportunidad de la realización del
aborto.
Por el contrario,
en el caso de las mujeres de las clases asalariadas y excluidas nos encontramos
ante un escenario completamente diferente. En efecto, aquí se verifica una
situación de vulneración de derechos cuyas consecuencias van desde la falta de
atención médica hasta la misma muerte de la mujer que decidió interrumpir la
gestación.
Esto sucede
fundamentalmente porque el mantenimiento del aborto como un delito impide su
realización en los centros públicos de salud condenando a las mujeres que
carecen de los medios para sufragar la intervención en forma privada a caer en
un circuito informal y/o clandestino donde no están garantizadas los requisitos
técnicos y profesionales que permitan una atención adecuada y segura.
Esta situación,
objetivamente injusta, expone lo que sucede cuando la ley simula ser derecho. Lo
legal termina por estructurar un reflejo
infiel y deformado del mundo de la vida. Un relato del género de la ficción que
desconoce lo que sucede en realidad y condena a la igualdad a una mera
declaración.
Ya no se trata pues
de decidir si se permite o se prohíbe algo que ya se hace sino de cómo hacemos
para lograr que en ese hacer no se violen los derechos humanos fundamentales de
las mujeres.

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