Por Carlos del Frade (APE)
Un tiempo después nos pasaba a buscar a mi hermana y a mi
con otro policía. Decían que eran jefes y oficiales de la Federal. Tiempo
después supimos que era cierto. Ellos me metieron en esto y habilitaban a otros
policías para que se abusaran de nosotras, los policías nos decían y nos hacían
creer que tener sexo con ellos estaba bien, que lo malo en realidad era robar.
Hasta que llegó un momento de mi vida en que pensamos con mi hermana que
nuestra vida era así: que era lo que nos había tocado.
No entendía si estaba bien o estaba mal cobrar y tener sexo
con adultos, mi mente estaba anulada y quebrada…nos llevaban a estaciones,
dependencias públicas y pensiones donde vivían algunos acusados. Dibujé esos
lugares en croquis por pedido de los investigadores. Nos gritaban y amenazaban
que si le contábamos a alguien nos iban a meter en un auto y nos iban a tirar
muertas por ahí…cuando ya había cierta confianza con las chicas les daban
alcohol, drogas y las obligaban a tener sexo porque si no no las dejaban salir
del predio de la Montada en la calle Cavia. Esto era en horarios nocturnos. Más
tarde las fueron metiendo en la prostitución y los policías se pasaban los
teléfonos entre ellos y las hacían ir a los adicionales donde cumplían
servicios de la línea de trenes del San Martín, donde se complotaban con la
gente de seguridad y las abusaban haciéndolas ir de estación en estación para
tener sexo por dinero – dice una chica de diecisiete años que cuando tenía
solamente quince fue violada por un policía federal y luego introducida en una
red de explotación sexual infantil adolescente alimentada por doscientos
integrantes de las fuerza de seguridad nacional en pleno corazón de la
Argentina: Buenos Aires, la Capital Federal.
La denuncia ya tiene un expediente judicial y el testimonio
de la sobreviviente se sumó al de un asqueado numerario de la Federal, de la
comisaría segunda de San Telmo. Esa mafia funciona desde 2008 y los que la
impulsan son agentes de la División Cuerpo de la Montada.
La nota aparecida en la revista “El Guardián”, dice también
que “las menores recibían entre 15 y 40 pesos a cambio de sexo. En varias
oportunidades estuvieron encerradas más de 48 horas en los lugares donde eran
sometidas”, apunta el texto que ya llegó al escritorio de la ministra de
Seguridad, Nilda Garré.
La mayoría de las pibas, entre los 12 y los 15 años, eran
secuestradas de la calle o los barrios empobrecidos de Capital Federal.
-El modus operandi era simple: captaban a chicas con
familias vulnerables y con necesidades. Las apretaban, buscaban excusas para
detenerlas y pedirles plata. Poco a poco se abusaban de ellas, las violaban
dentro y fuera de la institución. Las ofrecían entre los policías a través del
boca a boca o por mensajes de texto – dice el agente que denunció la situación.
¿Cuántas chiquitas estarán en esta situación?
¿Cuántas lograron escapar?
¿Cómo viven las que siguen secuestradas y “quebradas”, como
graficó la sobreviviente?
En la capital de la Argentina, la que se muestra como una
las ciudades más importantes del mundo, los que deben cuidar a los chicos los
persiguen, los violan y los explotan. Así funciona la ferocidad del sistema. Es
la confirmación del asesinato de aquellos mitos de la Argentina contemporánea:
“los únicos privilegiados son los chicos” o “con los pibes no”. Leyendas de un
país que ya no es.
La policía federal, la “vergüenza nacional”, como cantan las
hinchadas en las tribunas futboleras, es una fuerza que depende del gobierno
nacional.
Es imprescindible no naturalizar esta información.
Rebelarse ante la confirmación concreta que la inseguridad
no es una cuestión ajena a la corrupción institucional.
Hace rato que las fuerzas del orden son, en definitiva, las
encargadas de descargar la furia del sistema contra lo más vulnerable y propio
que tenemos, nuestros pibes.
Fuente de datos: Revista “El Guardián”, número 56, 8 de marzo de 2012.

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