Dos notas a propósito de este tema. Ambas publicadas por Página 12.
En la Argentina urbana, el 34 por ciento de los asalariados
no está registrado. Este porcentaje no incluye a los trabajadores que perciben
sólo una parte de su salario de manera formal, viendo disminuidos los aportes
jubilatorios que les corresponden.
Producción: Tomás Lukin
debate@pagina12.com.ar
El origen
Por Mariano Kestelboim *
En Rangún, una ciudad con más de 4,3 millones de habitantes
de Myanmar, abundan los “talleres del sudor”. Allí, además de haber niños
trabajando, a las 12 horas se corta la electricidad por media hora. En ese
tiempo, los obreros almuerzan. De otra manera, los empleadores, que pagan
salarios de 18 dólares mensuales, no pararían una producción destinada
básicamente a la exportación. Movimientos de defensa de los derechos humanos
combatieron esas prácticas y empresas como Heineken, Phillips, Levi Strauss,
Apple, Pepsi y Reebok, entre otras, decidieron abandonar su producción en ese
país.
La dinámica competitiva en la industria mundial, exacerbada
por el neoliberalismo desde los años ’70, ha combinado una lamentable escalada
de abusos en la producción estandarizada de menor valor agregado con la
profundización de incentivos económicos a la automatización, la robotización y
el desarrollo de la inteligencia artificial aplicada a la producción.
Ambas tendencias sistémicas han operado en una misma
dirección: el continuo aumento de la productividad laboral. De esta manera,
este fenómeno, sumado a la derrota soviética a fines de la década del ’80 y al
impresionante desarrollo de las telecomunicaciones, que dio respuesta a las
necesidades del capital financiero, decantó en un nuevo orden global que agravó
la exclusión social y la precarización laboral.
La competencia entre capitales cada vez más concentrados y,
por lo tanto, con mayor capacidad de oposición a los intentos de regulación
estatal de los mercados retroalimentaron los problemas de distribución del
ingreso, en la medida en que cada vez menos actores acumulan la renta mundial
sin producir una demanda equivalente. En las últimas cuatro décadas, la
fabricación de bienes y servicios mundial aumentó tres veces y media, muy por
encima del crecimiento poblacional (1,9 vez).
El reposicionamiento de la teoría neoclásica sirvió de
sustento para la promoción de una distribución de las actividades productivas
en función principalmente de la abundancia relativa de los factores de la
producción. De este modo, se fragmentaron los procesos fabriles y las
industrias de mayor demanda de trabajadores se relocalizaron en gran medida en
las zonas asiáticas más densamente pobladas y empobrecidas, que incorporaron a
cientos de millones de nuevos trabajadores con salarios de subsistencia y
precarias condiciones laborales. Los países desarrollados, por su parte,
conservaron la producción de las áreas de mayor complejidad tecnológica. En
América latina se aplicaron políticas que, impuestas en su origen por la
fuerza, agudizaron su dependencia financiera y tecnológica de los centros
económicos mundiales.
La presión competitiva, generada por los extraordinarios
niveles de oferta, agravada por el ingreso de China a la OMC en 2001, provocó
el desmantelamiento de gran parte de la industria de Occidente y el progresivo
empeoramiento de las condiciones productivas. Asimismo, la gran reducción de
las barreras comerciales ha implicado que las pérdidas de mercado sólo puedan
ser recuperadas a través de políticas crecientemente agresivas,
retroalimentando la presión competitiva. En ese contexto, la legislación de
defensa de los derechos de los trabajadores ha tendido a flexibilizarse y/o a
evadirse.
Hasta la crisis internacional, iniciada en 2008, el mayor
desarrollo tecnológico y el dominio financiero de los países centrales,
promotores de la actual organización de la producción, preservaba a sus
economías de las crónicas crisis que afectaban a la periferia. Sin embargo, la
evolución productiva, sobre todo de China e India, agudizó la destrucción de
puestos de trabajo de las economías centrales, que exhiben la incapacidad de
sus mercados para crear empleos como mecanismo de distribución del ingreso.
Así, el excesivo endeudamiento generó una explosión inesperada, que exhibió la
vulnerabilidad del sistema financiero y su necesidad de comenzar a desregular
sus mercados laborales.
En este marco de voracidad competitiva se deben revalorizar
los logros en materia de integración de América del Sur como medio para ganar
poder de negociación y coordinar políticas de rechazo de la competencia bajo
condiciones abusivas de los derechos de los trabajadores.
El interés inescrupuloso de los mercados dominan los modos
de producción y la distribución de la riqueza. En Argentina, mediante un mayor
control estatal de la economía, se logró en nueve años estar cerca de duplicar
el PBI, reducir el desempleo a su mínimo en 20 años y bajar la informalidad en
un 33 por ciento. La “sintonía fina” debe implicar intervenir en la puja
distributiva entre actores económicos para orientar un desarrollo de la
estructura productiva que asegure la creación de empleo calificado y con
salario creciente.
* Director Ejecutivo de la Fundación Pro Tejer.
Excluidos
Por María Marta Formichella *
El trabajo es promotor de la inclusión social y del
bienestar de las personas, por ello los problemas que ocasiona la informalidad
laboral repercuten en las posibilidades de desarrollo de la sociedad. Amartya
Sen (Premio Nobel de Economía, 1998) define al desarrollo como el proceso de
expansión de las capabilities de que disfrutan los individuos. Estas simbolizan
las posibilidades que tienen las personas de alcanzar funcionamientos valiosos,
es decir, aquello que pueden hacer o ser al vivir. Sen rescata no sólo cómo
viven las personas, sino también qué alternativas tienen las mismas y habla de
libertad como “no privación”. En esta línea, la exclusión a la que se enfrenta
un trabajador informal es desfavorable para sí mismo y para el desarrollo de la
sociedad en la que habita.
Si bien la informalidad existe en todas las categorías
ocupacionales, aquí se pone la atención en los asalariados, dado que el 76 por
ciento de los argentinos ocupados pertenece a la categoría “trabajador en
relación de dependencia”. Este dato, y los que se presentan a continuación,
surgen de estimaciones fundadas en la última base de microdatos de la Encuesta
Permanente de Hogares (EPH) publicada por el Indec, la cual corresponde al
segundo trimestre de 2011. Cabe aclarar que la EPH sólo posee cobertura urbana.
En la Argentina urbana, el 34 por ciento de los asalariados
no está registrado, es decir, no tiene descuento jubilatorio por su empleo o,
como comúnmente se denomina, se encuentra empleado “en negro”. Es menester
mencionar que este porcentaje no incluye a aquellos trabajadores que ocupan una
zona “gris”, es decir que perciben una parte de su salario de manera formal y
el resto del mismo no, viéndose disminuidos los aportes jubilatorios que les
corresponden.
El sector privado posee una alta proporción de empleados no
registrados (42,18 por ciento) y la misma es mayor que la correspondiente en el
sector público, sin embargo, la problemática no es insignificante en este
último (11,1 por ciento). Por otra parte, se observa que la tasa de no registro
es mayor en el grupo de las mujeres que en el de los hombres (37,3 por ciento
vs. 31 por ciento); es decreciente en relación con el nivel educativo de las
personas (va desde un 63,5 por ciento para los individuos con nivel educativo
primario incompleto hasta un 11,9 por ciento para el caso de los individuos con
educación superior completa); y afecta en mayor medida a los jóvenes que tienen
entre 14 y 24 años (en este grupo la tasa de no registro es igual a 59 por
ciento).
Existen diferentes vías por medio de las cuales los
asalariados no registrados se encuentran excluidos. Su problema no termina con
la privación de un ingreso jubilatorio en el futuro, sino que gran parte de
ellos tampoco goza de otros de los beneficios laborales del sector formal,
tales como: a) obra social (95,5 por ciento), b) vacaciones pagas (91 por
ciento), c) días por enfermedad pagos (93,1 por ciento) y d) aguinaldo (92,7
por ciento).
En el caso de la falta de obra social, la desprotección no
sólo trae aparejado el inconveniente de que los individuos no gozan de los
beneficios pertinentes, sino que produce problemas en el financiamiento del
sistema de salud. El hecho de que se reduzcan los ingresos ocasiona una
disminución en la calidad de las prestaciones. Asimismo, dado que un amplio
conjunto de la población queda al margen de los servicios básicos, se provoca
una mayor demanda en los centros asistenciales públicos, contribuyéndose así a
la congestión que existe en los mismos.
Otro mecanismo de exclusión que afecta a los trabajadores
informales, tiene que ver con que se encuentran fuera del acceso al crédito
(especialmente del crédito hipotecario). Esto ocurre porque participan de la
producción de manera irregular y, por ende, no tienen forma de acreditar sus
ingresos, condición que los bancos consideran imprescindible a la hora de
otorgar un préstamo.
Por último, cabe señalar que el nivel de ingresos de los
empleados “en negro” es menor que el de los empleados “en blanco”. Mientras que
el 81,3 por ciento de los trabajadores no registrados se encuentra en los cinco
deciles de ingreso más bajo de la muestra, dicho porcentaje desciende considerablemente
en el caso de los asalariados registrados (31,7 por ciento). Este escenario se
ve acentuado por el hecho de que las mejoras salariales que se van sucediendo
como fruto de las negociaciones colectivas, sólo llegan a los trabajadores
registrados.
En suma, los asalariados no registrados se ven perjudicados
por diferentes mecanismos de exclusión y la tasa de no registro aún es elevada
en nuestro país. Esto hace pensar en la necesidad de debatir propuestas
tendientes a acabar con el empleo informal en la Argentina.
* Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales del Sur
(Conicet-UNS)

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