Malvinas es uno de esos temas ambivalentes y arduos sobre el
cual resulta difícil dar con el punto justo, si acaso existiera tal
posibilidad.
En primer lugar, es indudable que Malvinas ha sido y
continúa siendo un hecho colonial, lo cual cobra actualidad en el contexto
geopolítico presente. Por el momento, constituye un resabio del colonialismo
típico de los siglos XIX y XX, ligado al control de los océanos por parte de
una de las potencias más poderosas, aunque todo indica que falta muy poco para
que adopte la forma del neocolonialismo típico del siglo XXI, vinculado a la
expropiación de los recursos naturales. Las notorias riquezas petroleras y
gasíferas descubiertas hace cuatro décadas, su escasez cada vez mayor en el
marco de la actual crisis energética y el evidente proceso de militarización
que vive la región malvinense hablan a las claras de una avanzada neocolonial,
cuyo carácter parece ya irrevocable, más allá de los ensayos regionales que hoy
puedan pergeñarse en torno de Malvinas, como “causa latinoamericana”.
Sin embargo, lo peor no está ahí. Lo peor es que en nuestro
país la herida neocolonial presenta rostros más contundentes. En tal escenario,
resulta poco creíble que representantes del Gobierno nacional denuncien la
existencia de “enclaves coloniales”, mientras promueven activamente formas de
despojo y ocupación en el propio territorio continental, habitado por
argentinos. De modo que la reivindicación –justa– que el Gobierno nacional hace
de la soberanía argentina sobre Malvinas desde una postura anticolonial tiende
a inscribirse en el registro de la manipulación y el doble discurso, en la
medida en que parte de las provincias se constituyen cada vez más en
“territorios ocupados”. Por ejemplo, la megaminería a cielo abierto conlleva
una significativa pérdida de regulación y control de los territorios por parte
del Estado nacional frente a las grandes corporaciones transnacionales. Ni que
hablar de los pueblos originarios y sus derechos a la autodeterminación, hoy
arrinconados o literalmente desplazados de sus territorios, frente a un Estado
mudo, cuando no ventrílocuo de las grandes empresas, sean de origen británico u
otros países.
En segundo lugar, Malvinas es un tema ambivalente porque
evoca la herida nacionalista. Y en ese sentido, sintetiza lo peor de tal
sentimiento. ¿Cómo olvidar acaso que el 2 de abril de 1982; esto es, tres días
después de una multitudinaria marcha de la CGT que culminó en una violenta
represión, con numerosos heridos y cerca de dos mil detenidos, la Plaza de Mayo
fue colmada nuevamente por una multitud que celebró eufórica la recuperación de
las islas Malvinas? ¿Cómo olvidar que sucedió entonces lo inimaginable, lo
inesperado; aquella imagen del general Galtieri, que a la manera de J. D. Perón
saludaría con los brazos abiertos desde los históricos balcones de la Casa
Rosada y hablaría a la multitud enfervorizada?
¿Cuántos argentinos privados de sus derechos civiles y
políticos confluyeron en ese inesperado sentimiento de unión nacional,
minimizando el alcance político y militar que podía llegar a tener el brusco
pasaje de la doctrina del enemigo interno al enemigo externo? ¿Cuántos de ellos
en ese momento se preocuparon por separar lo que la toma de Malvinas
significaba en términos simbólicos, con la inequívoca significación política
que esto tenía para una dictadura militar en franca decadencia?
Pero la gran pregunta que quedó instalada, luego de la
guerra perdida, tiene que ver con el tipo de nacionalismo que es posible
engendrar, a partir de la manipulación de un profundo sentimiento colectivo,
que ha sido tenaz y acríticamente inculcado desde temprana edad en todas las
escuelas del país, desde la Quiaca hasta Tierra del Fuego. En todo caso, a
muchos argentinos nos costaría largos años disociar aquel patrioterismo
fácilmente manipulable, de otro nacionalismo posible, crítico y reflexivo, que
pueda pensarse como contracara del hecho colonial.
Por último, todavía resulta arduo hablar de Malvinas porque
hubo jóvenes que hace treinta años fueron obligados a marchar hacia aquellas
gélidas islas, muchos de los cuales no regresaron y otros quedaron con fuertes
secuelas o traumas psicológicos. Como suele suceder a lo largo de la historia,
la guerra partió sus vidas en dos y los sobrevivientes ya nunca volvieron a ser
los mismos. A esto se suma que la guerra mostró una nueva faz nefasta de la
dictadura militar, cuyos oficiales no vacilaron en reproducir sobre los cuerpos
semicongelados de los jóvenes soldados aquellas metodologías represivas
destinadas a eliminar al “enemigo interno”.
Malvinas es así, también, una herida generacional, que
durante mucho tiempo fue desoída e invisibilizada, marcada por la indiferencia
y la negación de parte de una sociedad que prefería olvidar la guerra perdida,
luego de tanta euforia nacionalista, y un Estado que proponía ignorar sus
reclamos. Todo ese desprecio potenció los sufrimientos psíquicos y sociales,
visible en la escalada de suicidios entre los sobrevivientes, más allá de que
éstos obtuvieran posteriormente el reconocimiento del Estado, a través de
pensiones o subsidios.
Así, volver sobre Malvinas, a treinta años de la guerra,
implica revisar crítica y reflexivamente, sin manipulaciones ni imposturas
políticas estas tres heridas, que lejos están de haber sido cerradas: la
cuestión neocolonial, la exacerbación nacionalista y la falta de cuidado por la
vida de nuestros jóvenes.
*Socióloga y escritora. Su último libro es Donde están
enterrados nuestros muertos.

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