En Viena en el año 1932 Sigmund Freud le contestó una carta a Albert Einstein a propósito de esta pregunta: "¿Por qué la guerra?" «Warum Krieg?»
Lo que sigue es una breve selección de palabras de esa carta, que me pareció importante destacar, no como manual ni nada similar, sino para abrir debates.
En fin, vamos a las palabras.
Recopilación por Alejo Caivano.
"Derecho y fuerza son hoy para nosotros antagónicos,
pero no es difícil demostrar que el primero surgió de la segunda".
“Los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en
principio mediante la violencia”.
“Al introducirse las armas, ya la superioridad mental
empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de
la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por
la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su
antagonismo”.
“Sabemos que este régimen se modificó en el curso del
desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino?
Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno
podía ser compensada por la unión de varios débiles”.
“Vemos que el derecho es el poder de una comunidad”.
“Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al
nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de
los muchos tiene que ser permanente, duradera”.
“Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la
expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las
leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos
concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de
movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo. En
primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para
elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para
retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los
continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos
esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho
desparejo a la igualdad de derecho”.
“Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento
total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio
unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y
turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a
la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores
dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo
orden de derecho zanjaba los conflictos”.
“Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra
no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que
es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa
violencia central vuelve imposible ulteriores guerras”.
“Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los
hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender
en todos los conflictos de intereses. Evidentemente, se reúnen aquí dos
exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le
otorgue el poder requerido”.
“Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen
cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de
sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros”.
“Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo
por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta
si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no
puede prescindir de apoyarse en la violencia”.
“Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos
clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas,
exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una
conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren
destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de
agresión o de destrucción”.
“Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las
valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan
indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas
surgen los fenómenos de la vida”.
“La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando
es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares.
El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir”.
“De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros
fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las
inclinaciones agresivas de los hombres”.
“También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la
agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades
materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de
la comunidad”.
“Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de
eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse
desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra”.
“Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los
hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. Tales
ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se
tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no
tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice
lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo,
pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es
la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas
relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes,
esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la
sociedad humana”.
“Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica
un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte
de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen
en conductores y súbditos”.
“Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que
hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón”.
“No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda
que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina”.
“¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo
y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas
calamidades de la vida?”.
“Es discutible que la comunidad no deba tener también un
derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de
guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la
aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la
guerra”.
“Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por
razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud
mediante argumentos”.
“Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el
proceso del desarrollo de la cultura”.
“Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos
parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a
gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir,
con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas”.
“La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva:
es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una
idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros
estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus
crueldades”.
“Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva
el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.

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